DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO

- Dt 6,2-6; Sal 17; Heb 7,23-28; Mc 12,28-34
Es probable que en el devenir de nuestras relaciones ordinarias, y en las más significativas por supuesto, nos hagamos algunas preguntas necesarias: ¿Qué es lo más importante? ¿Qué debe ser prioritario? ¿Qué debemos cuidar y mantener para que perduren?
Empeñamos todo nuestro ser en ello, pensamiento y sentimientos; en ocasiones, dejamos que las emociones orienten la proyección de nuestros deseos hasta desahogarlos en el encuentro definitivo con lo que más amamos.
¿Qué es lo más importante? -nos preguntamos-, y comenzamos por recuperar de la memoria los compromisos establecidos hace tiempo, las promesas inalienables, los cumplidos mutuos, o las palabras inolvidables. Pero descubriremos con asombro que lo realmente importante, ha sido el amor profesado y hecho vida a lo largo de los años (muchos o pocos) en la entrega total, fiel, incondicional e inquebrantable.
¿Cómo lo hemos logrado? -nos preguntaremos nuevamente-: Entre tantas cosas, ha sido gracias a la escucha, respetuosa y abierta; escucha que se traduce en conocimiento mutuo y cercanía. Escucha que apela e interpela, que nombra y llama; que pronuncia cada palabra reconocible con la que hemos cultivado y enriquecido el amor que nos une.
Escuchar es primordial, es principio de aprendizaje; el modo eficaz para conocer, acoger y aceptar la palabra de otro.
Nuestra relación con Dios se manifiesta en los horizontes de esa misma experiencia y allí, en la entrega amorosa, establece con nosotros un pacto de amor, para escucharlo y conocer su voluntad.
De su voluntad generosa y su misericordia afloran los preceptos para que el hombre sea felizy, cumpliéndolos con fidelidad, tenga asegurado un porvenir promisorio, que le permita prolongar su vida (cf. Dt 6,2). Leyes que superan toda ley escrita, que no comienzan en la exigencia del cumplimiento formal, sino abriendo el corazón a ellas escuchando.
Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor; amarás, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas. Graba en tu corazón los mandamientos que hoy te he transmitido (Da 6,4-6).
Nosotros, ¿escuchamos realmente lo que el Padre nos pide? ¿Conocemos verdaderamente su voluntad? ¿Tenemos, quizá, la necesidad de preguntarnos, aún hoy, cuál es el primero de todos los mandamientos?
Si nos hemos perdido en esa maraña de leyes, normas y prerrogativas que imponemos a otros y nos autoimponemos, confundiéndolas, a veces, con la “voluntad de Dios”, el Señor nos responde como al escriba de aquel tiempo:
¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?
El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento mayor que éstos” (Mc 12,28-31).
Las reflexiones del Papa Benedicto XVI, en la Encíclica Dios es amor, nos dice:
« Si alguno dice: ‘‘amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve » (1 Jn 4, 20) […] Lo que se subraya es la inseparable relación entre amor a Dios y amor al prójimo. Ambos están tan estrechamente entrelazados, que la afirmación de amar a Dios es en realidad una mentira si el hombre se cierra al prójimo o incluso lo odia. El versículo de Juan se ha de interpretar más bien en el sentido de que el amor del prójimo es un camino para encontrar también a Dios, y que cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios. (DCE 19)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
