DOMINGO 26

LA SAGRADA FAMILIA DE JESÚS, MARÍA Y JOSÉ

Más allá de un concepto por definir, la familia debe ser acogida como experiencia, profunda y vasta, donde todo es posible y todo, desde el amor, tiene cabida. Cuando la definimos, o pretendemos determinar con precisión su estructura, corremos el riesgo de poner límites a lo extraordinario, a lo imprevisto, al asombro y a la incondicionalidad.

Si la familia es Iglesia doméstica, como la definía el Concilio, es entonces comunidad universal, casa abierta a la diversidad y expresión fehaciente de un amor que ama sin límites, cree sin límites, espera sin límites (cf. 1Cor 13,4-8). Se configura en el amor y desde el amor, asumiendo la misericordia como postura ante la vida y la compasión como gesto de acogida, respeto e inclusión.

Por eso, -nos dice el Papa Francisco en Amoris Laetitia- la Palabra de Dios nos exhorta: « Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad » (Ef 4,31). Esta paciencia se afianza cuando reconozco que el otro también tiene derecho a vivir en esta tierra junto a mí, así como es. No importa si es un estorbo para mí, si altera mis planes, si me molesta con su modo de ser o con sus ideas, si no es todo lo que yo esperaba. El amor tiene siempre un sentido de profunda compasión que lleva a aceptar al otro como parte de este mundo, también cuando actúa de un modo diferente a lo que yo desearía. (AL 92)

María y José, enfrentaron lo inadvertido, a una decisión incomprensible, tomada desde la confianza y la libertad; y se enfrentaron, también, al dilema de imponer su autoridad sin mediar, escuchar o dialogar.

El Evangelio nos recuerda también que los hijos no son una propiedad de la familia, sino que tienen por delante su propio camino de vida. Si es verdad que Jesús se presenta como modelo de obediencia a sus padres terrenos, sometiéndose a ellos (cf. Lc 2,51), también es cierto que él muestra que la elección de vida del hijo y su misma vocación cristiana pueden exigir una separación para cumplir con su propia entrega al Reino de Dios (cf. Mt 10,34-37; Lc 9,59-62). (AL 18)

En ellos descubrimos a las familias que celebran y son fieles a su tradición; las que confían, buscan, regresan al encuentro y acogen lo inesperado. No importando la adversidad o las diferencias, los hijos vuelven agradecidos, obedecen como gesto de adhesión, progresan y crecen en gracia ante Dios y los hombres (cf. vv. 51-52).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.