DOMINGO I DE CUARESMA
- Gn 2,7-9; 3,1-7; Sal 50; Rm 5,12-19; Mt 4,1-11.
Una realidad sombría que no hemos superado y que, desde siempre, ha echado hondas raíces en el corazón del hombre, invadiéndolo de pensamientos, palabras, deseos, decisiones… inciertos, equivocados e inhumanos.
Una oscuridad que nos envuelve y nos seduce con mentiras y engaños, hasta llevarnos a la más alta aspiración de los deseos humanos (cf. Mt 4,5) para, luego, hacernos caer en la más terrible humillación: el deseo del máximo poder.
Ese poder, cuando invade lo más profundo de nuestro ser, maquina la idea de suplantar a Dios y ser como él (Gn 3,5). Dominar, poseer, someter… Queremos conocer el bien y el mal (Gn 3,5), antes que descubrirlos cómo se entretejen en lo que hacemos, lo que vivimos y en las relaciones cotidianas con el hermano.
Jesús, entregado a su misión por la Buena Nueva, se enfrentó a esa misma realidad, no superada por Adán y Eva; tampoco por nosotros. Las tentaciones de Jesús, narradas por Mateo, son las mismas tentaciones de la humanidad: autosuficiencia, dominio e idolatría; todo bajo el signo del poder (cf. Mt 4,1-11).
Después de ayunar durante cuarenta días, siente el peso de su humanidad: el hambre a nivel físico y las tentaciones del diablo a nivel moral. Enfrenta la misma dificultad que todos experimentamos en nuestro camino y, resistiendo al demonio, nos muestra cómo vencer sus engaños y sus trampas. (Papa León XIV, Ángelus 22 de febrero de 2026)
Es el dilema del hombre: no saber, con claridad, qué lugar ocupa Dios en su vida, o cómo reaccionar ante las pruebas del mundo. Deseamos alcanzar la eternidad, pero la finitud de nuestra naturaleza nos lleva por el camino de lo imposible; deseamos ser inmortales, pero la muerte nos sale al encuentro y nos detiene; anhelamos poseer la verdad y dominar las conciencias (Gn 3,4-5), peor, al abrir los ojos, nos damos cuenta de que la desnudez… (Gn 3,7) es un signo de la vergüenza y el fracaso.
Desarmados por esa desnudez y buscando el modo de esconder nuestra culpa (cf. Gn 3,7), permanecemos ciegos y ajenos a la única verdad que ha transformado la historia y que abre ante nosotros el camino del perdón con el Padre:
Así como por el pecado de un solo hombre, Adán, vino la condenación para todos, así por la justicia de un solo hombre, Jesucristo, ha venido para todos la justificación que da la vida. Y así como por la desobediencia de uno, todos fueron hechos pecadores, así por la obediencia de uno solo, todos serán hechos justos (Rm 5,18-19).
¡Satanás se ha retirado! (Mt 4,10) y la presencia de Jesús renueva con su gracia la vida y nos dice cómo vencer el hambre que, a veces, nos hace sucumbir: No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt 4,4).
Con humildad hagamos nuestras las palabras del salmista:
Crea en mí, Señor, un corazón puro, un espíritu nuevo para cumplir tus mandamientos. No me arrojes, Señor, lejos de ti, ni retires de mí tu santo espíritu (Sal 50,12-13).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

