DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO

El que me ama, cumplirá mi palabra
(Jn 14,23)
VER
La fe se expresa, se hace pública y se muestra a los demás, a través del cuerpo: rezamos, cantamos, alzamos las manos para alabar, nos inclinamos y nos ponemos de rodillas; también en el cuerpo portamos aquello que nos identifica y “testifica” lo que somos: medallas, cruces, escapularios, alianzas… Con el cuerpo peregrinamos, nos hacemos presentes en los templos, permanecemos ante el sagrario, acompañamos en los duelos.
Pero, a veces, es sólo el cuerpo lo que habla de nuestra de fe; la hemos “materializado” en él. Una fe epidérmica que fluye a través de emociones efímeras, de sensaciones pasajeras e, incluso, de gustos que confunden la fe con pequeños gozos momentáneos.
Nada de ello, o casi nada, viene del corazón; no son expresiones de amor y libertad, sino, ante todo, escrupulosas preocupaciones de un craso cumplimiento, sin sentido, sin proyección, sin compromiso.
Y, cuando algo de eso, por la razón que sea, no se cumple, o nos falta (materialmente), entonces nos sentimos insatisfechos, impíos, incompletos y, por demás, “abandonados”, porque ese Dios en el que creemos desde el cuerpo y para el cuerpo no está, se desvanece en la materialidad perecedera de las cosas, de las costumbres y los hábitos rutinarios.
ILUMINAR
¿De qué depende la salvación? ¿Del tácito cumplimiento de la ley, …o de algo más?
El evangelio que proclama Jesús pone ante nosotros una pregunta que interpela e invita al discernimiento: ¿Qué está permitido hacer en sábado? (Mc 3,4) ). Es claro que para él (y debería serlo para nosotros) el bien del hermano, el cuidado y respeto de su dignidad están por encima de toda ley; lo que implica romper con atavismos, superar escrúpulos e ir más allá del frío y calculador cumplimiento de los mandatos
Cuando el corazón se endurece y se llena de abrojos, el miedo, la duda y la desconfianza extiende una nube que ciega el entendimiento y, así, como aquellos discípulos en Antioquía, también nosotros enseñamos que si no se circuncidan conforme a la ley de Moisés, no podrán salvarse (Hch 15,1). Circuncisión como sinónimo de dependencias, de ataduras a viejas tradiciones, de prácticas restrictivas, de anacronismos que van a contracorriente del evangelio; circuncisión como gesto de una fe meramente corporal y epidérmica, materializada en un acto, desligado del corazón, que hiere pero no transforma.
Todo aquello que provoca altercados y violencia entre nosotros (cf. Hch 15,2), genera resistencias, descontentos y el seguimiento del Señor pierde sentido y, desmotivado, se desvincula de la alegría que brota de la Buena Nueva.
El contento de Dios y su cercanía con el hombre nacen del amor; un amor primordial al que toda ley está supeditada:
El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada. El que no me ama no cumplirá mis palabras (Jn 14,23-24).
ACTUAR
Quien ama, vive en paz y comprende que el Espíritu anima la vida y la conduce por caminos de novedad y de libertad; quien ama de verdad es libre y la fe, que brota de su corazón, es liberadora:
El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no imponerles más cargas… (Hch 15,28).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
