DOMINGO 20

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO

Velen por los derechos de los demás, practiquen la justicia (Is 56,1)
  • Is 56,1.6-7; Sal 66; Rm 11,13-15.29-32; Mt 15,21-28.

Cuando la justicia se aplica bajo ciertas prerrogativas y a la par de normas con criterios de poco alcance, corre el riesgo de ser una justicia plana, estéril e indignantemente selectiva; tal vez ni siquiera deberíamos llamarla “justicia”.

Una justicia así, otorga a unos cuantos los beneficios preestablecidos, surgidos de las coyunturas sociales y políticas; a otros, por el contrario, niega la posibilidad de lo mínimo indispensable social, religiosa y políticamente…

Aquí, encontramos a Jesús entrampado en esa disyuntiva trazada por criterios humanos y que ha impuesto una frontera infranqueable entre unos (judíos) y otros (no judíos).

La mujer pide, al parecer, lo que no le corresponde, ni por ley ni por condición racial, pero insiste, porque para ella, todo eso, pasa a segundo término cuando es el bienestar de su hija lo que realmente le importa. Su atrevimiento la lleva a buscar lo que, para muchos, es imposible.

La actitud de Jesús desconcierta (y no tengamos empacho en aceptarlo, también era hombre…), pero provoca reacciones que van dando cauce a un desenlace inadvertido: por un lado, los discípulos que abogan por una atención inmediata, conveniente para ellos y que ponga fin a la incomodidad; por otro, la mujer que, ante la negativa y el silencio de Jesús (“¿indiferencia?”), no cejará en su determinación.

La tensa situación abrió un diálogo ineludible e inevitable, que puso las cosas en claro, a tal grado, que Jesús, interpelado, pasa, también él, por encima de lo establecido, dejando que la fe se anteponga a la ley: Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas(v. 28).

Jesús no vino a abolir leyes, sino a ponerlas en el lugar correcto y llevarlas a la práctica, según la voluntad del Padre:

Velen por los derechos de los demás, practiquen la justicia, porque mi salvación está a punto de llegar y mi justicia a punto de manifestarse. A los extranjeros que se han adherido al Señor para servirlo, amarlo y darle culto […], los conduciré a mi monte santo y los llenaré de alegría… (Is 56,1.5-7).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.