DOMINGO 14

DOMINGO VI DE PASCUA

Invito a la esperanza y a caminar en esperanza
(FT 55)
  • Hch 8,5-8.14-17; Sal 65; 1Pe 3,15-18; Jn 14,15-21

DAR RAZONES Y MANTENER LA ESPERANZA

Una esperanza audaz en medio de un mundo sin esperanza

En el horizonte de nuestra historia cotidiana asoman, amenazantes y angustiosas, las terribles consecuencias de un mundo que ha perdido la paz, el sentido de la justicia y la esperanza. Naciones y pueblos enteros se desangran a causa de la absurda violencia de las guerras y las luchas fratricidas; la vida se extingue en el hambre de los hombres que mueren sin pan, o en el hartazgo que indigesta…

Migrantes que han abandonado la incertidumbre de sus tierra para aventurarse en un camino sin un destino cierto ni seguro; miradas y rostros cargados de soledad y abandono, de indiferencia y desprecio. Resuenan, en la inalcanzable lejanía, palabras huecas, lanzadas como promesas incumplidas.

Vivimos, dice Papa Francisco, sin un proyecto común, individual y colectivo a la vez, que sostenga la vida y de sentido a la existencia. Hay quienes se empeñan en mantener esa desazón, sembrando desesperanza y suscitando una desconfianza constante, sin límites ni escrúpulos (cf. FT 15).

Grita ante nosotros la voz doliente de un mundo sin esperanza; de mujeres y hombres que ya no esperan en nada ni en nadie. El aislamiento y la cerrazón en uno mismo o en los propios intereses jamás son el camino para devolver esperanza y obrar una renovación, sino que es la cercanía, la cultura del encuentro. (FT 30)

A pesar de todo, hay quienes cultivan la esperanza, enraizada en su corazón, que los mueve a salir al encuentro de los otros, dando testimonio de la fe el en Señor con una esperanza que no defrauda (Rm 5,5). Como Felipe, que en Samaria, predicando a Cristo, transformó las adversidades de la gente en una gran alegría para toda la ciudad (Hch 8,6-8). Esa cercanía testimonial los llevó al encuentro con el Señor y a recibir, en manos de Pedro y Juan, el Espíritu Santo que reanima, fortalece y abre los camino hacia la verdad.

Pero del pasado, del que nos hablan los textos bíblicos, hay que llegar al presente, aquí y ahora. Si somos creyentes, no hay duda: ¡somos mujeres y hombres de esperanza! Y, si veneramos a Cristo en nuestros corazones, como dice Pedro, debemos estar dispuestos siempre a dar razones de nuestra esperanza, a quien la pida y a quien la necesite (cf. 1Pe 3,15)

Dar razones significa conocer y saber lo que creemos (razonarlo y fundamentarlo) y estar convencidos profundamente de ello; tener las certezas que el mundo no tiene y ofrecerlas como algo distinto, seguro y definitivo, capaz de transformar la realidad y nutrirla de esperanza.

Dar razones, no significa imponer ideas, desacreditar al otro o condenarlo en su desesperanza. Es un testimonio de cercanía y debemos hacerlo con sencillez y respeto y estando en paz con nuestra conciencia (1Pe 3,16). Es un reto que exige mucho de nosotros, pero es mejor padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal (1Pe 3,17).

Pero, ¿con qué contamos para dar razones de la esperanza en medio de un mundo sin esperanza?:

  • Primero, una experiencia de cercanía que nos hace uno con el Señor, como los sarmientos a la vid; que provoca en nosotros la necesidad de permanecer y la convicción de que sólo amando es como cumplimos lo que el Padre nos pide.
  • Segundo, el cumplimiento de una promesa y la irrupción de un acontecimiento que transforma el caos en orden (cf. Gn 1,1-2), que da vida y reanima la esperanza: El Espíritu de la vedad (Jn 14,17).

Si me aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, sí lo conocen, porque habita entre ustedes y estará en ustedes (Jn 14,15-17).

Dar razones de nuestra esperanza significa hablar del Espíritu y desde el Espíritu que el mundo no ve ni conoce, pero que, de hecho, habita en nosotros.

El Papa Francisco, en la carta encíclica Fratelli tutti (FT 55) nos invita a la esperanza y a caminar en esperanza:

Invito a la esperanza, que «nos habla de una realidad que está enraizada en lo profundo del ser humano, independientemente de las circunstancias concretas y los condicionamientos históricos en que vive. Nos habla de una sed, de una aspiración, de un anhelo de plenitud, de vida lograda, de un querer tocar lo grande, lo que llena el corazón y eleva el espíritu hacia cosas grandes, como la verdad, la bondad y la belleza, la justicia y el amor. […] La esperanza es audaz, sabe mirar más allá de la comodidad personal, de las pequeñas seguridades y compensaciones que estrechan el horizonte, para abrirse a grandes ideales que hacen la vida más bella y digna». Caminemos en esperanza.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.