VIERNES 13

Que su palabra nos toque para escuchar y hablar desde el corazón

Lectura del santo evangelio según san Marcos (7, 31-37)

En aquel tiempo, salió Jesús de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la región de Decápolis. Le llevaron entonces a un hombre sordo y tartamudo, y le suplicaban que le impusiera las manos. Él lo apartó a un lado de la gente, le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua con saliva. Después, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «¡Effetá!» (que quiere decir «¡Ábrete!»). Al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y empezó a hablar sin dificultad.

Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero cuanto más se lo mandaba, ellos con más insistencia lo proclamaban; y todos estaban asombrados y decían: «¡Qué bien lo hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

Palabra del Señor.

En este texto de Marcos, como en algunos otros, la figura de un hombre sordo y tartamudo (v. 32) refleja el misterio de las limitaciones humanas que no permiten al hombre ser plenamente libre. Esas limitaciones son una realidad palpable por todo el mundo que, no resueltas ni vistas como una posibilidad de cambio, provocan que cada individuo, marcado por ellas, sufra y viva sin dignidad.

Pero más allá de esa evidencia indiscutible, existen otras limitaciones más profundas y perjudiciales: una sordera interior que, como advertía el Papa Francisco, es peor que la física, porque es la sordera del corazón; una mudez sistemática en la que se gesta el silencio cómplice y es el “lenguaje” de la indiferencia; una tartamudez que dice las verdades a medias y no alcanza a comunicar lo más profundo del corazón. Todo esto desata terribles procesos de limitación, autolimitación y, peor aún, de una opresión limitante para otros.

¿Cómo podemos trasformar la realidad si no escuchamos los gritos de los que sufren y no somos capaces de alzar la voz ante la opresión, la injusticia y la maldad?

Escuchar con atención y humildad la palabra del Señor equivale a dejarnos tocar por sus dedos en oídos y boca, y sentir como su voz nos dice: ¡Effetá!

Abre tu corazón, tu mente, tu mirada y descubre ante ti el horizonte de la esperanza, donde asoman la justicia, la libertad y la felicidad.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.