JUEVES 12

Suplicar sin miedo…

Lectura del santo evangelio según san Marcos (7, 24-30)

En aquel tiempo, Jesús salió de Genesaret y se fue a la región donde se encuentra Tiro. Entró en una casa, pues no quería que nadie se enterara de que estaba ahí, pero no pudo pasar inadvertido. Una mujer, que tenía una niña poseída por un espíritu impuro, se enteró enseguida, fue a buscarlo y se postró a sus pies.

Cuando aquella mujer, una siria de Fenicia y pagana, le rogaba a Jesús que le sacara el demonio a su hija, él le respondió: «Deja que coman primero los hijos. No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos». La mujer le replicó: «Sí, Señor; pero también es cierto que los perritos, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños».

Entonces Jesús le contestó: «Anda, vete; por eso que has dicho, el demonio ha salido ya de tu hija». Al llegar a su casa, la mujer encontró a su hija recostada en la cama, y ya el demonio había salido de ella.

Palabra del Señor.

La mujer sirofenicia se convierte en un paradigma para la fe: se acerca, confía y, ante una negativa, ella continúa en su intento, interpela y replica (vv. 27-28). Jesús, por su parte, se deja cuestionar y conmovido por la entereza de esa madre dispuesta a hacer cualquier cosa por su hija, abre su corazón a sus necesidades y hace parte del proyecto salvífico una realidad de marginación, rechazada y despreciada por el pueblo judío.

La voz de la mujer es la voz de aquellos que viven al margen, o fuera, de los límites morales y culturales que establecemos para protegernos; la actitud de Jesús es una invitación a traspasar los límites y no quedarnos al margen.

Aceptar y reconocer a los que, por alguna razón, necesitan ser acogidos, comprendidos y respetados, y reconocer, además, que también nosotros podemos estar en la misma situación.

La fe, cuando es fuerte y decidida, nos ayuda a acercarnos y confiar. ¿Cómo es esa fe? -pregunta el Papa Francisco- Es aquella que lleva la propia historia, marcada también por las heridas, a los pies del Señor pidiéndole que la sane, que le dé sentido. Cada uno de nosotros tiene su propia historia y no siempre es una historia limpia; muchas veces es una historia difícil, con muchos dolores, muchos problemas y muchos pecados. (…) Siempre hay cosas feas en una historia, siempre. Vamos donde Jesús, llamamos al corazón de Jesús y le decimos: “¡Señor, si Tú quieres, puedes sanarme!”

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.