DOMINGO 22

DOMINGO V DE CUARESMA

El que cree en mí, no morirá para siempre (Jn 11,25)
  • Ez 37,12-14; Sal 129; Rm 8,8-11; Jn 11,1-45

Si el Espíritu del Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en ustedes, entonces el Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos, también les dará vida a sus cuerpos mortales, por obra de su Espíritu, que habita en ustedes (Rm 8,11).

El Espíritu al que se refiere Pablo, el Espíritu del Padre, es aquel que en los orígenes no sólo transformó el caos en orden primordial, del que surgió la vida (cf. Gn 1,1-2), sino que también convirtió al hombre en un ser vivo (cf. Gn 2,7), haciendo de él, además, el lugar privilegiado donde habita (cf. Rm 8,11).

Da vida a los cuerpos mortales; cuerpos moribundos y agonizantes, masacrados, maltratados e inutilizados. Cuerpos mortales que por sí mismos no vivirían, pero que al darles vida el Padre con su Espíritu, los humaniza y los dignifica, porque son imagen y semejanza suya (Gn 1,26).

Por eso, la resurrección de Lázaro es, como la de Jesús, una victoria sobre la muerte (cf. 1Cor 15,55) y sobre todas las muertes ignominiosas que atan de pies y manos a los hombres (cf. Jn 11,44), para negarles la vida y la libertad, o sepultarlos en las fosas del olvido y el desprecio.

La acción de Jesús actualiza las palabras del profeta: Pueblo mío, yo mismo abriré sus sepulcros, los haré salir de ellos […] Entonces les infundiré mi espíritu y vivirán (Ez 37,12-14).

¿De qué manera podemos comprender esto hoy? Debemos comenzar por no imaginar la resurrección como una reanimación material del cuerpo, sino como la posibilidad de no morir para siempre (Jn 11,25), que dependerá, como nos recuerda Pablo, del modo cómo hayamos vivido: en forma desordenada y egoísta, o conforme al Espíritu, que verdaderamente nos habita (cf. Rm 8,9).

Quien no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo. En cambio, si Cristo vive en ustedes, aunque su cuerpo siga sujeto a la muerte a causa del pecado, su espíritu vive a causa de la actividad salvadora de Dios (Rm 8,10)

Inevitablemente, el hombre muere, pero habrá una muerte definitiva, para siempre, si se olvida de Dios; en cambio, cuando permite que el Espíritu actúe en él, su vida será un caminar hacia la vida eterna y, aunque muera, no morirá para siempre.

Si Cristo vive en nosotros, creemos entonces en sus palabras y en su promesa:

Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre (Jn 11,25).

¿Crees tú esto?

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.