
Pedro Casaldáliga
Lectura del santo evangelio según san Marcos (6, 1-6)
En aquel tiempo, Jesús fue a su tierra en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba se preguntaba con asombro: “¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros? ¿Qué no es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas?” Y estaban desconcertados.
Pero Jesús les dijo: “Todos honran a un profeta, menos los de su tierra, sus parientes y los de su casa”. Y no pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente. Luego se fue a enseñar en los pueblos vecinos.
Palabra del Señor.
Un profeta en nuestra tierra
En sentido metafórico, podemos decir que somos nosotros la tierra de Jesús (cf. v. 1); esta realidad humana donde él ha puesto su morada, para habitar entre nosotros (cf. Jn 1,14).
Así como habita entre nosotros, sigue actuando entre nosotros por medio de mujeres y hombres que han decidido ser portadores de su palabra y su mensaje, pero nos resistimos a creerles y nos escandalizamos de ellos. Es -dice el Papa Francisco- el escándalo de la encarnación: el evento desconcertante de un Dios hecho carne, que piensa con una mente de hombre, trabaja y actúa con manos de hombre, ama con un corazón de hombre, un Dios que lucha, come y duerme como cada uno de nosotros. (Angelus 8 de julio de 2018)
El Señor es profeta en nuestra tierra, en nuestra vida y en nuestra historia y se hace presente por medio de los profetas de hoy.
¿Lo reconocemos como tal? ¿Permitimos que actúe en nosotros y nos transforme? o dejamos que se vaya a causa de nuestra incredulidad.
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
