DOMINGO 15

El Señor se fija en los corazones (1Sam 16,7).

DOMINGO IV DE CUARESM

  • 1Sam 16,1.6-7-10-13; Sal 22; Ef 5,8-14; Jn 9,1-41

Los textos del evangelio que hemos escuchado durante esta semana nos ayudan, en cierta medida, a comprender lo que la liturgia de la Palabra, en este IV domingo de cuaresma, nos plantea en sus contenidos. Así, pone ante nosotros una línea de reflexión en torno a un dilema del comportamiento humano: la lucha entre las apariencias y la hondura del corazón. Pero, sobre todo, el contraste con lo que Dios busca y mira en los creyentes y aquello que los hombres buscan y ven.

El hombre que Dios busca para consagrarlo como rey de su pueblo, no corresponde a las expectativas humanas, que miran siempre lo más llamativo y espectacular. Por eso, el Señor advierte a Samuel: No te dejes impresionar por su aspecto ni por su gran estatura, pues yo lo he descartado, porque yo no juzgo como juzga el hombre. El hombre se fija en las apariencias, pero el Señor se fija en los corazones (1Sam 16,7).

En el evangelio de Juan, tanto los discípulos como la gente y las autoridades judías, discutían confundidos a partir de una equívoca interpretación del mal, afirmando que la ceguera de aquel joven era consecuencia del pecado. Todos ellos se dejaron llevar por la inercia popular que sólo mira las apariencias: ¿Quién pecó para que este naciera ciego, él o sus padres? (Jn 9,2).

Las apariencias son como la oscuridad que impide ver la verdad y la luz; una fachada engañosa que oculta lo que realmente somos, o que sepulta lo que no queremos ver en los demás.

Jesús llega, en medio de la gente, como la luz que el mundo necesita; una luz que desvanece la oscuridad y desnuda al hombre de sus apariencias, lo libera de sus dudas y lo pone en camino hacia la verdad. Mientras todos veían en el ciego a un pecador, condenado al destierro, al olvido y la muerte, Jesús ve una posibilidad para que en él se manifiesta realmente la voluntad del Padre (cf. v. 3). Por ello, en el gesto de hacer lodo con la saliva (v. 6), reproduce el acto creador con el que Dios crea al hombre del polvo de la tierra (cf. Gn 2,7) y le otorga una incuestionable dignidad haciéndolo a imagen y semejanza suya (Gn 1,26). Adán se incorporó como un ser vivo y pudo mirar, por sí mismo, el rostro de su creador. El ciego ha sido regenerado, recreado, y puede afirmar con fuerza, por sí mismo: comencé a ver (v. 11).

El Señor se fija en los corazones, pero cómo podría verlos transparentados si nos empeñamos en esconderlos bajo las apariencias, ocultarlos detrás de una falsa imagen atada a la seguridad de la ley; equivocados ante la verdad por una ceguera adquirida, obstinada y enfermiza.

Ante el hombre marcado por su limitación y por el sufrimiento, Jesús no piensa en posibles culpas, sino en la voluntad de Dios que ha creado al hombre para la vida. (…) Al ciego curado Jesús le revela que ha venido al mundo para realizar un juicio, para separar a los ciegos curables de aquellos que no se dejan curar, porque presumen de sanos. En efecto, en el hombre es fuerte la tentación de construirse un sistema de seguridad ideológico: incluso la religión puede convertirse en un elemento de este sistema, como el ateísmo o el laicismo, pero de este modo uno queda cegado por su propio egoísmo. (Benedicto XIV, Angelus, 2 marzo 2008)

Sin lugar a duda, el consejo que Pablo ofrece a los efesios es la mejor manera de recoger las enseñanzas anteriores y llevarlas a la práctica en los terrenos de la vida cotidiana:

Hermanos: En otro tiempo ustedes fueron tinieblas, pero ahora, unidos al Señor, son luz. Vivan, por lo tanto, como hijos de la luz. Los frutos de la luz son la bondad, la santidad y la verdad. Busquen lo que es agradable al Señor y no tomen parte en las obras estériles de los que son tinieblas.

Al contrario, repruébenlas abiertamente; porque, si bien las cosas que ellos hacen en secreto da vergüenza aun mencionarlas, al ser reprobadas abiertamente, todo queda en claro, porque todo lo que es iluminado por la luz se convierte en luz.

Por eso se dice: Despierta, tú que duermes; levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.