DOMINGO 1

DOMINGO IV DEL TIEMP ORDINARIO

Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía… (Mt 5,11)
  • Sof 2,3; 3,12-13; Sal 145; 1Cor 1,26-31; Mt 5,1-12

De los textos que hoy escuchamos, en conjunto, afloran algunas preguntas en las que resuena, tal vez, el deseo irrefutable de ser felices: ¿Cómo definimos la felicidad? ¿Con qué criterios decimos que una persona es feliz? ¿Qué hace que la felicidad perdure?

El mundo, la sociedad, el mercado, los medios de comunicación masiva, a través de las redes, ofertan abundantes y variadas posibilidades para alcanzar la felicidad; muchas de ellas dejan de lado la dignidad de la persona, dan razones poco éticas para argumentar sus “principios” o utilizan cualquier incentivo para convencer, fácilmente, al consumidor ávido de felicidad.

El argumento más contundente y con mayor eficacia es el que afirma que la felicidad, del modo que sea, es el antídoto al sufrimiento, el dolor y la tristeza; en otras palabras: la felicidad es negación de sufrimiento, dolo y muerte. Una felicidad que se confunde con el poder, el dominio, la fuerza, el éxito, el poseer y el consumir sin límites; el placer y el voluntarismo.

La Sagrada Escritura, en su propuesta, es contrastante; una palabra irrefutable que desinstala y mueve, con fuerza, todo aquello que parecía definitivo, incuestionable y “único”. Incomoda ciertamente, porque al hablar de felicidad nos confronta y pone ante nosotros un camino inesperado y un peculiar modo, aunque seguro, de alcanzar la felicidad.

Sin duda, la humildad es el primer criterio para alcanzarla; con ella, el hombre se despoja de toda pretensión egoísta y pone sus pies en el lugar correcto. La humildad da claridad al corazón y a la mente para comprender que no hay felicidad si no buscamos, justo, por el camino que hemos omitido: Busquen al Señor, ustedes los humildes de la tierra, los que cumplen los mandamientos de Dios. Busquen la justicia, busquen la humildad (Sof 2,3).

La humildad nos desnuda del super hombre que ejerce, para sí, una fuerza inútil y desproporcionada en su intento de alcanzar felicidad. Son otros criterios los que animan y alimentan el corazón de un creyente:

Hermanos: Consideren que entre ustedes, los que han sido llamados por Dios, no hay muchos sabios, ni muchos poderosos, ni muchos nobles, según los criterios humanos. Pues Dios ha elegido a los ignorantes de este mundo, para humillar a los sabios; a los débiles del mundo, para avergonzar a los fuertes; a los insignificantes y despreciados del mundo, es decir, a los que no valen nada, para reducir a la nada a los que valen; de manera que nadie pueda presumir delante de Dios (1Cor 1,26-29).

Es así que las bienaventuranzas delinean el perfil de una felicidad incomprensible, pero cierta y definitiva; la dicha es fruto de una difícil decisión y una actitud dispuesta a soportar cualquier adversidad; una persona que está en una condición de gracia, que progresa en la gracia de Dios y que progresa por el camino de Dios: la paciencia, la pobreza, el servicio a los demás, el consuelo… Los que progresan en estas cosas son felices y serán bienaventurados (Papa Francisco, Audiencia general, 29 de enero de 2020):

Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos (Mt 5,11-12)

No hay felicidad si no hay justicia, y la justicia es tarea permanente de los seguidores del Señor.

En medio de un mundo de contradicciones, superficialidad y vanidad; ante un endeble ideal de felicidad, las bienaventuranzas, en palabras del Papa Francisco, nos convierten en referente y testimonio: Las bienaventuranzas contienen la “carta de identidad” del cristiano ―es nuestro carné de identidad―, porque dibujan el rostro de Jesús, su forma de vida. (…)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.