8M: Día internacional de la mujer

¿Realmente bastaría un día para resaltar lo que es evidente todos los días? ¿Un día para celebrar, de manera especial, esa realidad humana que da sentido al tiempo, al espacio y a la vida en su totalidad?

La mujer, dimensión femenina de lo humano, equilibra y complementa la otra dimensión que ha pretendido monologar e imponer la virilidad, como si pudiera existir por sí misma. El mundo no es exclusivamente masculino, aunque tampoco femenino.

La antropología bíblica no duda en hablarnos de un hombre (género humano), creado por decisión divina, a imagen y semejanza de su creador; varón y mujer los creó (Gn 1,26.27). Dos rostros de una misma dimensión, en un perfecto equilibrio y unidad: el uno para el otro hasta convertirse en una sola carne.

Pero la Escritura también nos habla de una experiencia que desata, poco a poco, un proceso de concientización, que inicia cuando el varón asume su soledad y surge en su corazón el deseo de otro, igual a él. De ese deseo ineludible y de su propia condición, de sus entrañas, nace la mujer, la ayuda adecuada y la presencia que rompe la trágica posibilidad de una existencia incompleta: el hombre mirándose a sí mismo sólo como varón (cf. Gn 2,18).

Ayuda, apoyo, compañera, la mujer es culmen de la creación, porque sin ella quedaría incompleta y con ella, cobra sentido y proyección; es principio de una vida entregada y compartida:

¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será Mujer, porque la han sacado del Hombre. Por eso -por ella- el hombre abandona padre y madre, se junta a su mujer y se hacen una sola carne. (Gn 2,23-24)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

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