
(Jn 19,37)
VIERNES SANTO DE LA PASIÓN DEL SEÑOR
- Is 52,13-53,12; Sal 30; Heb 4,14-16; 57-9; Jn 18,1-19,42
Dar la vida y entregar el espíritu
La muerte es parte de la vida. Aunque, en ocasiones, la hemos convertido en el instrumento más eficaz para quitar de en medio a aquellos que nos estorban, que contradicen nuestras ideas o van en sentido opuesto a los intereses de algunas minorías.
Así, la muerte se tiñe de crueldad y contraviene el sentido pleno de la existencia humana; de tanto en tanto, va truncando vidas, ideales, sueños y proyectos. Se asume, sin mucho pensarlo, como una acción sistemática para “limpiar” lo que “mancha” el honor…, aunque en realidad, lo único que hace es opacar la luz que ilumina y permite ver con claridad el camino de la verdad.
Por eso la muerte de Cristo es redentora, porque su vida fue un continuo luchar por la vida y la libertad, en contra de estructuras adversas y opresoras, indiferentes y ajenas a la dignidad del hombre; estructuras que, como dice el profeta Isaías, actuaron inicuamente y contra toda justicia se lo llevaron. ¿Quién se preocupó de su suerte? Lo arrancaron de la tierra de los vivos… (53,8).
En esta acción se perfila la crueldad de esa muerte y de tantas otras: arrancar a los hombres de la tierra de los vivos, o seguir al pie de la letra el consejo de Caifás: Conviene que muera un solo hombre por el pueblo (Jn 18,14).
El horror de tales decisiones, calculadas con tanta frialdad y displicencia, nos acobardan, nos aterran y, como Pedro, no somos capaces de mantener la entereza, ni tendremos empacho en negarlo y desconocerlo, a pesar de que su palabra y su persona se hayan manifestado abiertamente al mundo(cf. Jn 18,20).
Pero, ¿de qué lo acusaron?: de ser un malhechor (Jn 18,29-30); porque sólo así podrían justificar de qué muerte habría de morir (v. 32), o con qué muerte deseaban ejecutarlo. Nadie ejecuta a alguien por hacer el bien. A menos que el bien hecho nos genere conflictos morales, sociales y religiosos.
En la condena de Jesús fluye un odio desmedido e irracional, que ciega la mente y enferma el corazón del mismo pueblo y, así, hoy como entonces, perdemos la cordura y aventuramos posturas equivocadas: ¡Libera a Barrabás! (v. 40). Todo avalado por una razón tan simple como intransigente: Nosotros tenemos una ley y según esa ley tiene que morir… (Jn 19,7).
En medio de esa confusión, que ya no distingue entre la Voluntad del Padre y la voluntad del hombre, estamos nosotros, frente a Jesús, mirando al que traspasaron (19,37) y al que seguimos tras-pasando con el odio y las luchas fratricidas.
Allí esta Jesús, el Cristo, quien nos amó hasta el extremo, dando la vida y entregando el espíritu (cf. 19,30), para que en nosotros hay vida por medio de él.
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
