EL MARTIRIO DE SAN JUAN BAUTISTA
El martirio de Juan Bautista, decapitado por Herodes Antipas, pone de manifiesto la grandeza del alma del precursor y la plenitud de su respuesta al llamamiento de Dios. Tanto en su muerte como en su predicación, dio testimonio de la verdad y, conforme a lo que Jesús dijo de él: “Fue una antorcha que arde y que ilumina”. (tomado del misal de agosto 2025, Buena Prensa)
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses (4, 1-8)
Hermanos: Les rogamos y los exhortamos en el nombre del Señor Jesús a que vivan como conviene, para agradar a Dios, según aprendieron de nosotros, a fin de que sigan ustedes progresando. Ya conocen, en efecto, las instrucciones que les hemos dado de parte del Señor Jesús.
Lo que Dios quiere de ustedes es que se santifiquen; que se abstengan de todo acto impuro; que cada uno de ustedes sepa tratar a su esposa con santidad y respeto y no dominado por la pasión, como los paganos, que no conocen a Dios. Que en esta materia, nadie ofenda a su hermano ni abuse de él, porque el Señor castigará todo esto, como se lo dijimos y aseguramos a ustedes, pues no nos ha llamado Dios a la impureza, sino a la santidad. Así pues, el que desprecia estas instrucciones no desprecia a un hombre, sino al mismo Dios, que les ha dado a ustedes su Espíritu Santo.
Palabra de Dios.
En la persona del bautista, quien se mantuvo fiel al proyecto del Reino que impulsaba y anunciaba, a pesar de las adversidades y las incomprensiones, resuenan las palabras de Pablo a los tesalonicenses: Hermanos: Les rogamos y los exhortamos en el nombre del Señor Jesús a que vivan como conviene, para agradar a Dios (v. 1).
Para Juan, la razón y el sentido de su misión era, precisamente, agradar a Dios (v. 3), y a nadie más. En la invitación constante a la conversión se reflejan, también, las palabras de Pablo y la claridad de una advertencia: No nos ha llamado Dios a la impureza, sino a la santidad. Así pues, el que desprecia estas instrucciones no desprecia a un hombre, sino al mismo Dios, que les ha dado a ustedes su Espíritu. (vv. 7-8)
Nosotros, ¿realmente somos conscientes de ese llamado a la santidad? ¿Vivimos en consecuencia o, como Herodes y Herodías, nos hemos entrampado en la ambición, la codicia, el desenfreno, la impureza, la injusticia, la confusión ante la verdad, la maldad…?
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

