VIERNES 29

VIERNES DE LA OCTAVA DE NAVIDAD

Este niño ha sido puesto para ruina y resurgimiento de muchos(v. 34)

Lectura del santo evangelio según san Lucas (2, 22-35)

Transcurrido el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, ella y José llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley: Todo primogénito varón será consagrado al Señor, y también para ofrecer, como dice la ley, un par de tórtolas o dos pichones.

Vivía en Jerusalén un hombre llamado Simeón, varón justo y temeroso de Dios, que aguardaba el consuelo de Israel; en él moraba el Espíritu Santo, el cual le había revelado que no moriría sin haber visto antes al Mesías del Señor. Movido por el Espíritu, fue al templo, y cuando José y María entraban con el niño Jesús para cumplir con lo prescrito por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios, diciendo:

«Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo,
según lo que me habías prometido,
porque mis ojos han visto a tu Salvador,
al que has preparado para bien de todos los pueblos;
luz que alumbra a las naciones
y gloria de tu pueblo, Israel».

El padre y la madre del niño estaban admirados de semejantes palabras. Simeón los bendijo, y a María, la madre de Jesús, le anunció: «Este niño ha sido puesto para ruina y resurgimiento de muchos en Israel, como signo que provocará contradicción, para que queden al descubierto los pensamientos de todos los corazones. Y a ti, una espada te atravesará el alma».

Palabra del Señor.

El Jesús humanado, pequeño y débil, en manos de Simeón, se nos revela desde ese momento con la fuerza del mesianismo que ha marcado su llegada. El mismo Espíritu que mora en el anciano marca el rumbo que ha de seguir Jesús: ruina y resurgimiento de muchos; provocará contradicción entre los hombres y pondrá al descubierto lo que habita en cada corazón(cf. vv. 34-35).

Es el Salvador que trae el bien para todos y la luz que ilumina la oscuridad y la ceguera de todas las naciones (cf. vv. 31-32)

Es la luz que ilumina nuestras oscuridades, que nos hace resurgir y que nos llama a ser, como él, signos de contradicción en medio de un mundo sumido en la confusión y la indiferencia.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.