
(Mc 11,17)
Lectura del santo evangelio según san Marcos (11,11-26)
Después de haber sido aclamado por la multitud, Jesús entró en Jerusalén, fue al templo y miró todo lo que en él sucedía; pero como ya era tarde, se marchó a Betania con los Doce.
Al día siguiente, cuando salieron de Betania, sintió hambre. Viendo a lo lejos una higuera con hojas, Jesús se acercó a ver si encontraba higos; pero al llegar, sólo encontró hojas, pues no era tiempo de higos. Entonces le dijo a la higuera: “Que nunca jamás coma nadie frutos de ti”. Y sus discípulos lo estaban oyendo.
Cuando llegaron a Jerusalén, entró en el templo y se puso a arrojar de ahí a los que vendían y compraban; volcó las mesas de los que cambiaban dinero y los puestos de los que vendían palomas; y no dejaba que nadie cruzara por el templo cargando cosas. Luego se puso a enseñar a la gente, diciéndoles: “¿Acaso no está escrito: Mi casa será casa de oración para todos los pueblos? Pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones”.
Los sumos sacerdotes y los escribas se enteraron de esto y buscaban la forma de matarlo; pero le tenían miedo, porque todo el mundo estaba asombrado de sus enseñanzas. Cuando atardeció, Jesús y los suyos salieron de la ciudad.
A la mañana siguiente, cuando pasaban junto a la higuera, vieron que estaba seca hasta la raíz. Pedro cayó en la cuenta y le dijo a Jesús: “Maestro, mira: la higuera que maldijiste se secó”.
Jesús les dijo entonces: “Tengan fe en Dios; les aseguro que si uno le dice a este monte: ‘Quítate de ahí y arrójate al mar’, sin dudar en su corazón y creyendo que va a suceder lo que dice, lo obtendrá. Por eso les digo: Cualquier cosa que pidan en la oración, crean ustedes que ya se la han concedido, y la obtendrán. Y cuando se pongan a orar, perdonen lo que tengan contra otros, para que también el Padre, que está en el cielo, les perdone a ustedes sus ofensas; porque si ustedes no perdonan, tampoco el Padre, que está en el cielo, les perdonará a ustedes sus ofensas”.
Palabra del Señor.
Un lugar de encuentro
Hay un templo del que hoy urge arrojar vendedores, compradores, usurpadores, mafias que se dedican a la trata personas, a comerciar con ellas, o arrojarlas a una fosa cuando las consideran inútiles e inservibles.
Un templo que somos todos y cada uno; el cuerpo comunitario, que nos hace hermanos, y también el cuerpo que somos individualmente. Ese cuerpo que, como nos recuerda Pablo, es templo del Espíritu, donde Dios habita (cf. 1Cor 6,19) y se convierte en un lugar de encuentro con Dios y con el hombre.
Estamos llamados a redignificar nuestro cuerpo, que es casa de oración, donde Dios ha puesto su morada (cf. Mc 11,17).
¿Qué tenemos que arrojar de nosotros mismos? ¿Qué tendremos que arrojar de la sociedad que denigra la condición humana y el cuerpo de mujeres y hombres?
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
