VIERNES 17

Viendo Jesús la fe de aquellos hombres (v. 5)

S. ANTONIO, ABAD

Tenía veinte años cuando escuchó aquel pasaje del Evangelio que dice: “Si quieres ser perfecto, ve a vender todo lo que tienes, reparte el dinero entre los pobres y ven y sígueme” (Mt 19,21-23). Entonces se fue al desierto. Es considerado el padre de los monjes de Egipto, en donde vivió casi un siglo (+356). En aquella vida solitaria lo siguieron muchos discípulos, que en la austeridad buscaban el acercamiento al Señor (Tomade: Misal enero 2025, Buena Prensa).

Lectura del santo evangelio según san Marcos (2,1-12)

Cuando Jesús volvió a Cafarnaúm, corrió la voz de que estaba en casa, y muy pronto se aglomeró tanta gente, que ya no había sitio frente a la puerta. Mientras él enseñaba su doctrina, le quisieron presentar a un paralítico, que iban cargando entre cuatro. Pero como no podían acercarse a Jesús por la cantidad de gente, quitaron parte del techo, encima de donde estaba Jesús, y por el agujero bajaron al enfermo en una camilla.

Viendo Jesús la fe de aquellos hombres, le dijo al paralítico: “Hijo, tus pecados te quedan perdonados”. Algunos escribas que estaban allí sentados comenzaron a pensar: “¿Por qué habla éste así? Eso es una blasfemia. ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?”

Conociendo Jesús lo que estaban pensando, les dijo: “¿Por qué piensan así? ¿Qué es más fácil, decirle al paralítico: ‘Tus pecados te son perdonados’ o decirle: ‘Levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa’? Pues para que sepan que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados – le dijo al paralítico –: Yo te lo mando: levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa”.

El hombre se levantó inmediatamente, recogió su camilla y salió de allí a la vista de todos, que se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: “¡Nunca habíamos visto cosa igual!”

Palabra del Señor.

Siempre habrá alguien a quien ayudar: llevarlo al hospital o al médico, acompañarlo a casa, proporcionarle comida, o comprar sus medicamentos; rescatarlo de un accidente, o una situación difícil; trasladarlo o moverlo de un lugar a otro en el auto, o en una silla de ruedas, sobre todo, cuando no puede hacerlo por sus propios medios

No importa si es uno solo, o entre cuatro (cf. v 3), lo importante es asistir, servir, apoyar; alcanzar juntos lo que es bueno para todos.

La forma de actuar de Jesús nos deja dos tareas: la primera, si es necesario, perdonar, no importando la condición de la persona, para que así, perdonada, se sienta digna y liberada. La segunda, tal vez la más difícil, pero la más satisfactoria (cf. v. 9), reintegrar a la vida social, a la comunidad y a la familia a quienes, por sus limitaciones o por nuestros prejuicios, han quedado marginados y olvidados: levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa (v. 11).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.