VIERNES 1

TODOS LOS SANTOS

¡Alégrense y regocíjense! (v. 12)

En la solemnidad de Todos los Santos no sólo celebramos y recordamos a aquellos que han alcanzado la plenitud de vida ante el Padre, por haber vivido según el evangelio y fieles a su voluntad, sino que también confirmamos en ella, y celebramos, la vocación a la que todos hemos sido llamados y que debe animar nuestros actos, nuestros pensamientos y nuestras decisiones en lo cotidiano: la santidad.

Evangelio según Mateo (5, 1-12)

En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles, hablándoles así:

«Dichosos los pobres de espíritu,
porque de ellos es el Reino de los cielos.
Dichosos los que lloran,
porque serán consolados.
Dichosos los sufridos,
porque heredarán la tierra.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia,
porque serán saciados.
Dichosos los misericordiosos,
porque obtendrán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón,
porque verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz,
porque se les llamará hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el Reino de los cielos.

Dichosos serán ustedes, cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos».

Palabra del Señor.

¡Alégrense y regocíjense! (v. 12)

La santidad se alcanza caminando por la senda del evangelio; allí encontraremos las razones para ser mujeres y hombres realmente dichosos, viviendo con espíritu de pobreza, valentía y mansedumbre; con hambre y sed de justicia, según el plan de Dios; actuando con misericordia, con un corazón limpio y trabajando incansablemente por la paz (cf. vv. 3-9).

Asumiendo, además, que la santidad implica persecución, injurias, falsas acusaciones cuando se entrega la vida por causa de la justicia. (v. 10).

Jesús mismo remarca que este camino –dice el Papa Francisco– va a contracorriente hasta el punto de convertirnos en seres que cuestionan a la sociedad con su vida, personas que molestan. Jesús recuerda cuánta gente es perseguida y ha sido perseguida sencillamente por haber luchado por la justicia, por haber vivido sus compromisos con Dios y con los demás. Si no queremos sumergirnos en una oscura mediocridad no pretendamos una vida cómoda, porque “quien quiera salvar su vida la perderá” (Mt 16,25) (Gaudete et exsultate 90).

¡Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en los cielos! (v. 12)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.