El tiempo ha llegado. Nos encontramos nuevamente en el contexto de la Cuaresma, tiempo que nos invita a profundizar en la fe, pero, sobre todo, a revisar nuestra vida, nuestras acciones y nuestra relación con el hermano. Tiempo marcado por los signos que resaltan los fundamentos de nuestro ser como cristianos: el desierto, la oración, la fidelidad, el compromiso, la escucha, la Voluntad de Dios…
No obstante, corremos el riesgo de ver en ella únicamente una serie de prácticas convencionales, encuadradas en el tiempo que toca vivir (sólo 40 días…); prácticas que se agotan en sí mismas y no van más allá del simple cumplir: ayunos sin sentido, abstinencia de carnes y sacrificios de ocasión.
La cuaresma nos habla de un camino que transita de la esclavitud a la libertad, de la oscuridad a la luz, de la tristeza al gozo, de la muerte a la vida; a través de él se inicia una experiencia inagotable, con sabor a eternidad y horizontes de gloria, donde, una vez superado el desierto, asoma ante nosotros una tierra que mana leche y miel, y el cumplimiento de una promesa: ¡Resurrección!
No permitamos que la tentación de las cosas pasajeras, como el deseo de poder o el éxito extravagante, nos deslumbren, y perdamos así la belleza de la verdad, o la profundidad del amor.

