
Evangelio según San Marcos (1, 7-11)
En aquel tiempo, Juan predicaba diciendo: «Ya viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo».
Por esos días, vino Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Al salir Jesús del agua, vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en figura de paloma, descendía sobre él. Se oyó entonces una voz del cielo que decía: «Tú eres mi Hijo amado; yo tengo en ti mis complacencias».
Palabra del Señor.
Del agua al Espíritu; de la finitud a sello definitivo; de lo efímero a la eternidad. Son los rasgos complementarios de nuestro bautismo: en la cotidianidad del agua, que vemos y tocamos, comprendemos el sentido de la purificación, del baño que limpia, del resurgir de la muerte a la vida. Pero es un elemento de la naturaleza que se agota, se evapora, se escapa entre las manos.
En cambio, el Espíritu, que no vemos y mora en nosotros (cf. 1Cor 3,16), nos transforma, nos inspira; quema las entrañas para purificarnos desde dentro; nos ilumina y nos lleva hacia la verdad. Su novedad es inagotable y nos mantiene en un cambio constante de corazón, mente, pensamiento y voluntad. Sólo el Espíritu nos marca con el sello definitivo (cf. 2Cor 1,22) de los hijos de Dios y nos hace gritar ¡Abba! (Rm 8,15).
Juan bautizaba con agua, pero Jesús nos bautiza con el Espíritu Santo (cf. v. 8).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
