
Lectura del libro del Sirácide / Eclesiástico (51,17-27)
Te doy gracias y te alabo, Señor,
y bendeciré tu nombre para siempre.
Desde mi adolescencia, antes de que pudiera pervertirme,
decidí buscar abiertamente la sabiduría.
En el templo se la pedí al Señor
y hasta el fin de mis días la seguiré buscando.
Dio su flor y maduró, como racimo de uvas,
y mi corazón puso en ella su alegría.
Mi pie avanzó por el camino recto,
pues desde mi juventud seguí sus huellas;
tan pronto como le presté oídos,
la recibí y obtuve una gran instrucción.
La sabiduría me ha hecho progresar,
por eso glorificaré al que me la concedió.
Decidí ponerla en práctica,
busqué ardorosamente el bien
y no quedé defraudado.
Luché por ella con toda mi alma,
cumpliendo cuidadosamente la ley.
Levanté mis brazos hacia el cielo
y deploré conocerla tan poco.
Concentré en ella mis anhelos
y con un corazón puro la poseí.
Desde el principio ella me conquistó,
por eso jamás la abandonaré.
Palabra de Dios.
¿Hemos buscado la sabiduría?
¿Qué saberes hemos acumulado a lo largo de la vida? ¿Para qué nos han servido? ¿Buscamos, acaso, una sabiduría que de sentido a lo que somos, o lo que pretendemos ser, que configure nuestra personalidad y nos distinga de entre los demás? ¡Probablemente sí! Anhelamos alcanzar los horizontes trazados por criterios humanos.
Pero hay una sabiduría distinta: un saber desde Dios, que nos alimenta con su Palabra y nos orienta con sus enseñanzas; con ella avanzaremos por el camino recto, progresaremos en todo e iremos madurando interiormente, descubriendo, paso a paso, el bien que no defrauda (cf. vv. 20-24).
Si hemos decidido abiertamente buscarla (cf. v. 18), descubriremos que los mandamientos del Señor alegran el corazón, y que son más deseables que el oro y las piedra preciosas (Sal 18,9.11); más que toda pretensión humana de alcanzar la gloria con la mente ofuscada y el corazón vacío.
¿Qué sabiduría buscamos?
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
