SÁBADO 18

Éste es mi Hijo amado, escúchenlo (v. 7)

Lectura del santo evangelio según san Marcos (9,2-13)

En aquel tiempo, Jesús tomó aparte a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos a un monte alto y se transfiguró en su presencia. Sus vestiduras se pusieron esplendorosamente blancas, con una blancura que nadie puede lograr sobre la tierra. Después se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.

Entonces Pedro le dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué a gusto estamos aquí! Hagamos tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». En realidad no sabía lo que decía, porque estaban asustados.

Se formó entonces una nube, que los cubrió con su sombra, y de esta nube salió una voz que decía: «Éste es mi Hijo amado; escúchenlo». En ese momento miraron alrededor y no vieron a nadie sino a Jesús, que estaba solo con ellos.

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos guardaron esto en secreto, pero discutían entre sí qué querría decir eso de ‘resucitar de entre los muertos’.

Le preguntaron a Jesús: «¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?» Él les contestó: «Si fuera cierto que Elías tiene que venir primero y tiene que poner todo en orden, entonces ¿cómo es que está escrito que el Hijo del hombre tiene que padecer mucho y ser despreciado? Por lo demás, yo les aseguro que Elías ha venido ya y lo trataron a su antojo, como estaba escrito de él».

Palabra del Señor.

¿Qué escuchamos y a quién escuchamos?

La escena de la transfiguración confirma quién es Jesús y pone ante nosotros el paradigma de la fe que nace de la revelación. Lo primero, no es una fe para estar a gusto (v. 5), o quedarse inertes por el miedo ante la verdad (v. 6); más allá de atender las propias pulsiones o los intereses personales, hay que estar dispuestos a escuchar (v. 7), ¿qué o a quién?, a nadie sino a Jesús (v. 8).

Además, escucharlo es saber, aceptar y comprender que el seguimiento implica grandes retos, como padecer y ser despreciados (v. 12).

Para los creyentes no hay más: Éste es mi Hijo amado, escúchenlo (v. 7)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.