EL CORAZÓN INMACULADO DE MARÍA

Lectura del santo evangelio según san Lucas (2,41-51)
Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén para las festividades de la Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, fueron a la fiesta, según la costumbre. Pasados aquellos días, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres lo supieran. Creyendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino; entonces lo buscaron, y al no encontrarlo, regresaron a Jerusalén en su busca.
Al tercer día lo encontraron en el templo, sentado en medio de los doctores, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que lo oían se admiraban de su inteligencia y de sus respuestas. Al verlo, sus padres se quedaron atónitos y su madre le dijo: “Hijo mío, ¿por qué te has portado así con nosotros? Tu padre y yo te hemos estado buscando llenos de angustia”. Él les respondió: “¿Por qué me andaban buscando? ¿No sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?” Ellos no entendieron la respuesta que les dio. Entonces volvió con ellos a Nazaret y siguió sujeto a su autoridad. Su madre conservaba en su corazón todas aquellas cosas.
Palabra del Señor.
Te hemos estado buscando (v. 48)
En ocasiones, como a María y José, la vida nos pone ante situaciones inesperadas y difíciles, que nos obligan a tomar decisiones inmediatas y, a veces incluso, a detener nuestros pasos y desandar caminos, a asumir la incertidumbre y a no perder la esperanza.
Tal vez, en algún momento, también nosotros hemos perdido a Jesús. Creyendo que estaba a nuestro lado (cf. v 44), hemos confiado demasiado en lo que somos y en lo que deseamos, pero no en su palabra ni en sus enseñanza.
Conforme avanzamos por la vida sin él, su ausencia nos interpela y, sólo entonces, comenzaremos a buscarlo (cf. v. 46), angustiados (v. 48) y, cuando lo encontremos, cuestionará lo poco que lo conocemos y lo lejanos que hemos estado de él: ¿Por qué hasta ahora? ¿A caso siguen sin comprender la voluntad de mi Padre?
No obstante, regresará con nosotros (v. 51) y su presencia nos guiará y transformará nuestra vida; pero tendremos que limpiar nuestro corazón, discernir y dejar que él habite allí.
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
