
Del Evangelio según san Marcos (Mc 2, 13-17)
En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo a caminar por la orilla del lago; toda la muchedumbre lo seguía y Él les hablaba. Al pasar, vio a Leví (Mateo), el hijo de Alfeo, sentado en el banco de los impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y lo siguió.
Mientras Jesús estaba a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores se sentaron a la mesa junto con Jesús y sus discípulos, porque eran muchos los que lo seguían. Entonces unos escribas de la secta de los fariseos, viéndolo comer con los pecadores y publicanos, preguntaron a sus discípulos: “¿Por qué su maestro come y bebe en compañía de publicanos y pecadores?”
Habiendo oído esto, Jesús les dijo: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido para llamar a los justos, sino a los pecadores”.
Palabra del Señor.
¡Sígueme! (v. 14)
La elección de Mateo, junto con otras elecciones que Jesús hace para agrupar a sus seguidores, es paradigmática, porque rompe y echa por tierra esa preconcepción que busca a un elegido con perfil de perfección, de pureza y de idoneidad incuestionable; según los criterios morales, religiosos y sociales de las instituciones dominantes.
Jesús no pregunta si los elegidos creen, si cumplen con la ley o si son personas reconocidas o aceptadas por los demás. Por el contrario, vino a llamar a los pecadores y hacerse amigo de publicanos, abrir las puertas del seguimiento a cualquiera que esté dispuesto a seguirlo, no importando quién sea o cómo se llame.
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
