Lectura del santo evangelio según san Juan (3, 22-30)
En aquel tiempo, fue Jesús con sus discípulos a Judea y permaneció allí con ellos, bautizando. También Juan estaba bautizando en Enón, cerca de Salim, porque ahí había agua abundante. La gente acudía y se bautizaba, pues Juan no había sido encarcelado todavía.
Surgió entonces una disputa entre algunos de los discípulos de Juan y unos judíos, acerca de la purificación. Los discípulos fueron a decirle a Juan: “Mira, maestro, aquel que estaba contigo en la otra orilla del Jordán y del que tú diste testimonio, está ahora bautizando y todos acuden a él”.
Contestó Juan: “Nadie puede apropiarse nada, si no le ha sido dado del cielo. Ustedes mismos son testigos de que yo dije: ‘Yo no soy el Mesías, sino el que ha sido enviado delante de él’. En una boda, el que tiene a la novia es el novio; en cambio, el amigo del novio, que lo acompaña y lo oye hablar, se alegra mucho de oír su voz. Así también yo me lleno ahora de alegría. Es necesario que él crezca y que yo venga a menos”.
Palabra del Señor.
Recibir del cielo (v. 27)
Recibimos un bautizo que nos convierte, desde el principio, en hijos, discípulos y misioneros; el mismo bautismo con el que Jesús bautizaba en el Jordán (cf. v. 26).
Un bautizo que debemos renovar diariamente por medio de nuestras opciones, nuestras decisiones y particularmente, nuestro compromiso con los demás.
Pero no olvidemos que nadie puede apropiarse nada, si no le ha sido dado del cielo (v. 27).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

