MIÉRCOLES DE CENIZA

Ahora es el tiempo favorable; ahora es el día de la salvación (2Cor 6,2)
  • Jl 2,12-18; 2Cor 5,20-6,2; Mt 6,1-6.16-18

Todavía es tiempo (Jl 12,2)

Tenemos la percepción, porque así lo sentimos y los vivimos, de que el mundo se viene abajo y que las sociedades se corrompen. Cada día vemos cómo las adversidades que nos amenazan se multiplican y cobran fuerza en la violencia, las guerras, los fratricidios, la corrupción, la pobreza, el deterioro ambiental…, ensombreciendo así la esperanza, la felicidad y el porvenir de la humanidad.

¿Hay algo que podamos hacer?

Esto dice el Señor: Todavía es tiempo. Vuélvanse a mí de todo corazón, con ayunos, con lágrimas y llanto; enluten su corazón y no sus vestidos (Jl 2,12-13).

El cambio que deseamos y la transformación de la sociedad que soñamos depende de nosotros, porque algo así, sólo puede aflorar del corazón del hombre.

Nada se habrá perdido si confiamos en el Señor que nos dice: Todavía es tiempo. Hoy podemos comenzar. Basta cambiar el rumbo y volvernos de todo corazón a él, renunciando a lo que corrompe la mente, trastorna la palabra y ciega la mirada.

Tal vez, en el intento voluntarioso, agachemos la mirada y echemos marcha atrás, porque sentimos miedo, impotencia y desconfianza. Pero el Señor está de nuestra parte y nos invita a no desdecirnos y alzar el vuelo, confiando que él es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en clemencia, y se conmueve ante la desgracia (Jl 2,13).

Todavía es tiempo…, no echemos su gracia en saco roto. Porque el Señor dice: “En el tiempo favorable te escuché y en el día de la salvación te socorrí”. Pues bien, ahora es el tiempo favorable; ahora es el día de la salvación (2Cor 6,1-2).

Es el momento de abrir el corazón para compartir lo que tenemos con quien nada tiene (limosna), de concedernos tiempo para estar con Dios (oración) y de renunciar a todo aquello que nos corrompe y deshumaniza (ayuno).

¡Ahora es el tiempo favorable y al mal tiempo, buena cara!: que nos vean alegres, sin tristeza, con la cabeza perfumada y lavada la cara (cf. Mt 6,16-17), para transmitir, en medio de este mundo desgarrado, esperanza y felicidad a los demás. Pero…, para dar buena cara, es necesario tener, dentro, un corazón transformado, convertido, que se conmueve ante la desgracia (cf. Jl 2,13); un corazón que ha vuelto al Padre.

Ese Padre, que ve lo secreto, nos recompensará (Mt 6,18).

NOTA:

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Mario A. Hernández Durán, Teólogo.