MIÉRCOLES 8

Cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo (v. 33)

Lectura del santo evangelio según san Lucas (14, 25-33)

En aquel tiempo, caminaba con Jesús una gran muchedumbre y él, volviéndose a sus discípulos, les dijo:

«Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.

Porque, ¿quién de ustedes, si quiere construir una torre, no se pone primero a calcular el costo, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que, después de haber echado los cimientos, no pueda acabarla y todos los que se enteren comiencen a burlarse de él, diciendo: ‘Este hombre comenzó a construir y no pudo terminar’.

¿O qué rey que va a combatir a otro rey, no se pone primero a considerar si será capaz de salir con diez mil soldados al encuentro del que viene contra él con veinte mil? Porque si no, cuando el otro esté aún lejos, le enviará una embajada para proponerle las condiciones de paz.

Así pues, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo».

Palabra del Señor.

El seguimiento de Jesús y la opción por el Reino no pueden comenzar con un desbordamiento de emociones, o decisiones precipitadas sin una proyección realista; primero, hay que calcular las propias capacidades, para saber si podremos llegar hasta el final (cf. v. 28), o medir las fuerzas y el talante de la voluntad, para tener la certeza de que podremos enfrentar las adversidades (cf. v. 29).

Por otro lado, es indispensable distinguir los apegos de las prioridades y separar nuestros bienes de los bienes del Reino.

A veces, dependemos de ciertos bienes que, aparentemente, dan sentido a nuestra vida y que se convierten en obstáculo que impiden la presencia de Dios ella. El problema más grave es cuando convertimos a la familia en un bien (material) y no en una experiencia donde el Señor es la presencia preferida (cf. v. 26) que da hondura a las opciones, coherencia a las relaciones, cohesión a las decisiones y sentido a las renuncias.

Cualquiera de ustedes que no renuncie a sus bienes, no puede ser mi discípulo (v. 33).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo