Lectura del santo evangelio según san Lucas (4, 38-44)
En aquel tiempo, Jesús salió de la sinagoga y entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le pidieron a Jesús que hiciera algo por ella. Jesús, de pie junto a ella, mandó con energía a la fiebre, y la fiebre desapareció. Ella se levantó enseguida y se puso a servirles.
Al meterse el sol, todos los que tenían enfermos se los llevaron a Jesús y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los fue curando de sus enfermedades. De muchos de ellos salían también demonios que gritaban: «¡Tú eres el Hijo de Dios!» Pero él les ordenaba enérgicamente que se callaran, porque sabían que él era el Mesías.
Al día siguiente se fue a un lugar solitario y la gente lo andaba buscando. Cuando lo encontraron, quisieron retenerlo, para que no se alejara de ellos; pero él les dijo: «También tengo que anunciarles el Reino de Dios a las otras ciudades, pues para eso he sido enviado». Y se fue a predicar en las sinagogas de Judea.
Palabra del Señor.
Lucas nos dice que la misión de Jesús es un proyecto salvífico (4,16-30) que, animado con la fuerza del Espíritu, se lleva a cabo en acciones concretas: curar, liberar, rescatar, anunciar la Buena Nueva a los pobres… (cf. 4,18-19).
No son palabras pronunciadas a la deriva, sino el cumplimiento de una promesa, hecha realidad en las miserias de la humanidad, esclavizada por el mal, como el endemoniado de la sinagoga de Cafarnaún (cf. v. 33), o sometida a las enfermedades que la inutilizan o la dejan fuera de toda experiencia comunitaria, como a la suegra de Pedro (cf. vv. 38-39).
Una misión que, como decíamos, nos implica a todos, porque hemos sido ungidos con el mismo Espíritu y que, además de formar parte de ese proyecto salvífico, también somos enviado a anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios a otras ciudades y otras realidades (cf. v. 43).
El Espíritu nos capacita para ser, en todo momento, una Iglesia en salida:
La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva. ¡Atrevámonos un poco más a primerear! (EG 24)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

