MIÉRCOLES 22

MIÉRCOLES DE CENIZA

Tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará

Lectura del santo evangelio según san Mateo (6,1-6.16-18)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Tengan cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres para que los vean. De lo contrario, no tendrán recompensa con su Padre celestial.

Por lo tanto, cuando des limosna, no lo anuncies con trompeta, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, para que los alaben los hombres. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes hagan oración, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora ante tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como esos hipócritas que descuidan la apariencia de su rostro, para que la gente note que están ayunando. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que no sepa la gente que estás ayunando, sino tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará»
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Palabra del Señor.

En lo secreto de tu corazón

Comenzamos la cuaresma con tres acciones que nos mueven de un posible estancamiento en nosotros mismos y en la autosatisfacción que se congratula del reconocimiento y la adulación popular; tres acciones que rompen con la egolatría y la autoreferencialidad: dar limosna, hacer oración y ayunar.

  • La primera acción nos pone de frente a las necesidades humanas y nos invita a no olvidar que, si queremos, podemos ayudar al hermano, compartiendo con él lo que poseemos.
  • La segunda, nos pone frente al Padre, en una relación orante con él, íntima y transparente.
  • Por último, la tercera, que nos empuja a mirar nuestra propia condición, en una tensión de la conciencia entre las apariencias de una fe sin sentido y la vivencia, gozosa y coherente, de las convicciones más profundas.

Dar con generosidad, sin el beneplácito de los demás; orar sin ser vistos, a puerta cerrada, a solas con él solo; ayunar despreciando lo que nos entristece, vaciar el corazón de lo que nos enferma y sentir el gozo de la presencia de Dios que nos sana y nos colma de alegría. Todo esto, en el secreto del corazón; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.