S. JUAN DIEGO
Juan Diego nació en 1747 en Cuauhtitlán (México). El Papa San Juan Pablo II se refirió a Juan Diego como “el confidente de la dulce Señora del Tepeyac”. Es el primer santo indígena católico de América. Por su origen “representa a todos los indígenas que acogieron el Evangelio de Jesús” (Juan Pablo II). La Santísima Virgen María se le apareció a Juan Diego aproximadamente cuatro veces en diciembre de 1531. La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe se quedó grabada en el manto (o tilma) de Juan Diego. Después de estas apariciones, él llevó una vida ejemplar y un alto servicio a su ya venerada Reina, a la que siempre declaró su obediencia. Así lo demuestra la respuesta que dio en el Tepeyac, cuando ella le pidió que compartiera su mensaje: “Señora mía, Niña, ya voy a realizar tu venerable aliento, tu venerable palabra; por ahora de Ti me aparto, yo, tu pobre indito”.
Tomado de: https://www.catholicapostolatecenterfeastdays.org/fiestas-y-solemnidades-espanolas/san-juan-diego
Lectura del santo evangelio según san Mateo (18, 12-14)
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿acaso no deja las noventa y nueve en los montes, y se va a buscar a la que se le perdió? Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se le perdieron. De igual modo, el Padre celestial no quiere que se pierda uno solo de estos pequeños”.
Palabra del Señor.
El Padre no quiere que nadie se pierda
Hay más alegría por encontrar alguna novedad, que por mantenerse atado a lo seguro. Y, al parecer, Dios no se conforma con saber que hay algunos (“99”) que se mantienen fieles a su voluntad; sin lugar a dudad lo agradece, pero él siempre mira más allá. No descansa, sale a buscar a aquellos que, por alguna razón, han tomado libremente un camino distinto (cf. v. 12).
El Padre, como aquel hombre, busca incansablemente a los que se han perdido; pero esa búsqueda, hoy, se lleva a cabo a través de nosotros. No podemos ser sólo espectadores, jueces, críticos o detractores de esa realidad humana; estamos llamados, por el contrario, a tomar parte en la búsqueda y en el proyecto del Padre, quien no quiere que se pierda ni uno solo de sus pequeños…, ¡ni uno solo! (cf. v. 14).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

