S. SEBASTIÁN DE APARICIO (México)
Nació en Galicia en 1502. En 1533 vino a la Nueva España y se dedicó a la agricultura. Posteriormente trabajó en el acarreo de mercancías. Con el dinero que había ganado se volvió a dedicar a la agricultura. A los 70 años de edad cedió todos sus bienes a unas religiosas. Se hizo religioso franciscano y durante dos años pidió limosna para su convento. Sus restos se veneran en el templo del San Francisco, Puebla.
Lectura del santo evangelio según san Marcos (9, 30-37)
En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaban Galilea, pero él no quería que nadie lo supiera, porque iba enseñando a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le darán muerte, y tres días después de muerto, resucitará». Pero ellos no entendían aquellas palabras y tenían miedo de pedir explicaciones.
Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, les preguntó: «¿De qué discutían por el camino?» Pero ellos se quedaron callados, porque en el camino habían discutido sobre quién de ellos era el más importante. Entonces Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos».
Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: «El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe. Y el que me reciba a mí, no me recibe a mí, sino a aquel que me ha enviado».
Palabra del Señor.
A veces, nuestras pretensiones y deseos, alimentados por la ambición y el desorden del corazón, sobrepasan los límites de la realidad, hasta llevarnos por el camino de lo inalcanzable e inconsistente; construimos “castillos en el aire” que pronto se vendrán abajo.
Jesús, por el contrario, nos invita a vivir con humildad y comenzar desde abajo: Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos(v. 35). Además, lo que Jesús pone en el centro rompe toda pretensión de poder, de dominio y de privilegios: es un niño, en quien se manifiesta su presencia, a quien no queda más que proteger, acoger, acompañar, servir y amar (cf. v. 37).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

