SANTIAGO, APÓSTOL

Santiago, hijo de Zebedeo, era hermano de Juan y compañero de Pedro y Andrés. Antes de seguir el llamamiento de Jesús, que los convirtió en sus Apóstoles, estos pescadores del lago de Genesaret se habían acercado a Juan Bautista para escucharlo. Junto con Pedro y Juan, Santiago fue testigo de la transfiguración y de la agonía del Señor. En el año 43 o 44, Herodes Agripa I lo mandó decapitar (Misal Mensual Buena Prensa, 25 de julio).
Lectura del santo evangelio según san Mateo (20, 20-28)
En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo, junto con ellos, y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: «¿Qué deseas?» Ella respondió: «Concédeme que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, en tu Reino». Pero Jesús replicó: «No saben ustedes lo que piden. ¿Podrán beber el cáliz que yo he de beber?» Ellos contestaron: «Sí podemos». Y él les dijo: «Beberán mi cáliz; pero eso de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; es para quien mi Padre lo tiene reservado».
Al oír aquello, los otros diez discípulos se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo: «Ya saben que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. Que no sea así entre ustedes. El que quiera ser grande entre ustedes, que sea el que los sirva, y el que quiera ser primero, que sea su esclavo; así como el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida por la redención de todos».
Palabra del Señor.
A veces, nuestras aspiraciones y deseos se asemejan a las pretensiones de aquellos hombres que tiranizan y oprimen a sus hermanos (cf. v. 25). Un perfil así, de quien se hace llamar seguidor del Señor, no empata con el evangelio, ni con los criterios que el reino de Dios exige de cada uno.
¡Que no sea así entre nosotros! (cf. v. 26). El reconocimiento que buscamos ante los hombres y ante Dios, se gana cuando se es capaza de comenzar sirviendo, desde atrás, y dando la vida, como Jesús, que no ha venido a ser servido, sino a servir (v. 28).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
