MARTES 23

Todo lo tuyo es mío… (v. 10)

Lectura del santo evangelio según san Juan (17,1-11)

En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: “Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo también te glorifique, y por el poder que le diste sobre toda la humanidad, dé la vida eterna a cuantos le has confiado. La vida eterna consiste en que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado.

Yo te he glorificado sobre la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste. Ahora, Padre, glorifícame en ti con la gloria que tenía, antes de que el mundo existiera.

He manifestado tu nombre a los hombres que tú tomaste del mundo y me diste. Eran tuyos y tú me los diste. Ellos han cumplido tu palabra y ahora conocen que todo lo que me has dado viene de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste; ellos las han recibido y ahora reconocen que yo salí de ti y creen que tú me has enviado.

Te pido por ellos; no te pido por el mundo, sino por éstos, que tú me diste, porque son tuyos. Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío. Yo he sido glorificado en ellos. Ya no estaré más en el mundo, pues voy a ti; pero ellos se quedan en el mundo’’.

Palabra del Señor.

Todo lo tuyo es mío… (v. 10)

Al parecer, la vida eterna no es algo que se gana o se alcanza por el cúmulo de actos piadosos, ritos, o mandatos cumplidos a lo largo de la vida, sino por el conocimiento que tengamos del único Dios verdadero y de Jesucristo (cf. v. 3). Aquí resuenan las palabras del profeta Oseas: Misericordia quiero y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos(6,6).

El conocimiento es fruto de la cercanía con el Señor, quien nos ha comunicado sus palabras y al recibirlas y aceptarlas, reconocemos que él es el enviado del Padre (cf. vv. 7-8) y que, además, nosotros hemos sido elegidos (v. 6) y enviados a anunciar el evangelio, en este mundo, al que pertenecemos y donde nos hemos quedado, para glorificarlo (vv. 10-11).

Tal conocimiento se convierte en un compromiso que se establece en un trato de profunda confianza, no sólo entre el Padre y el Hijo, también entre Jesús y nosotros: Todo lo míos es tuyo y todo lo tuyo es mío(v. 10).

Así lo descubrió Juan de la Cruz en las profundidades del corazón y los plasmó la oración del alma enamorada:

No me quites, Dios mío, lo que una vez me diste en tu único Hijo Jesucristo […]: Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes, los justos son míos, y míos los pecadores; los ángeles son míos, y la Madre de Dios y todas las cosas son mías, y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí […]. (Dichos de luz y amor 26)

¿Aceptamos el compromiso de dar todo para recibir todo del Señor?

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.