
Lectura del santo evangelio según san Juan (10, 22-30)
Por aquellos días, se celebraba en Jerusalén la fiesta de la dedicación del templo. Era invierno. Jesús se paseaba por el templo, bajo el pórtico de Salomón. Entonces lo rodearon los judíos y le preguntaron: «¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo claramente».
Jesús les respondió: «Ya se lo he dicho y no me creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí, pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás; nadie las arrebatará de mi mano. Me las ha dado mi Padre, y él es superior a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. El Padre y yo somos uno».
Palabra del Señor.
¿Eres tú?
Las dudas en la vida, la incertidumbre, la desconfianza, el miedo e incluso la indiferencia, pueden poner en suspenso nuestra fe en el Señor, y preguntarnos con incredulidad, como aquellos hombres, si realmente Él es el Mesías, o no… (cf. v. 24).
La evidencia de sus obras, en ocasiones, no sirve de nada si no somos capaces de ver más allá y descubrir en ellas la mano amorosa del Padre, que perdona, libera, acoge, rescata y hace justicia.
Los milagros de Jesús no “reparan”, son algo más que eso, porque en cada uno da la vida (v. 28) para hacer del creyente un ser distinto, transformándolo, y abriendo ante él las puertas de la esperanza y la verdad.
¿De qué depende?: De sobreponernos a las dudas, escuchar su voz y seguirlo (cf. v. 27).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
