
(v. 7)
Lectura del santo evangelio según san Juan (16,5-11)
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Me voy ya al que me envió y ninguno de ustedes me pregunta: ‘¿A dónde vas?’ Es que su corazón se ha llenado de tristeza porque les he dicho estas cosas. Sin embargo, es cierto lo que les digo: les conviene que me vaya; porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito; en cambio, si me voy, yo se lo enviaré.
Y cuando él venga, establecerá la culpabilidad del mundo en materia de pecado, de justicia y de juicio; de pecado, porque ellos no han creído en mí; de justicia, porque me voy al Padre y ya no me verán ustedes; de juicio, porque el príncipe de este mundo ya está condenado».
Palabra del Señor.
Un corazón triste animado por el Espíritu
Tal vez para nosotros hoy no signifique nada el hecho de que el Señor se vaya para que el Espíritu venga. Tenemos claro que él ha puesto su morada entre nosotros (Jn 1,14) y el Espíritu también, pues somos, como nos lo recuerda Pablo, templos donde él habita (1Cor 6,19).
Es, tal vez, un llamado a nuestra responsabilidad como seguidores del Señor. La conveniencia de que se vaya (cf. v. 7), no representa un ausencia definitiva, sino la oportunidad de ya no depender de su presencia, como sucedía con aquellas multitudes que sólo lo buscaban para saciar su hambre, pero indiferentes a los signos y señales (cf. Jn 6,26); se trata de comenzar a caminar poniendo en práctica sus enseñanzas y sus palabras, dejándonos, ahora, guiar por el Espíritu. No podemos quedarnos en el letargo de la tristeza (v. 6), o sometidos al pecado, por no haber creído (v. 9).
La eternidad de Dios, donde Jesús ha ido (vv. 5 y 11), permea la historia humana por medio de mujeres y hombres animados y acompañados por el Espíritu, el consolador que vendrá a nosotros (v. 7).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
