
Lectura del santo evangelio según san Lucas
Lc 7, 11-17
En aquel tiempo, se dirigía Jesús a una población llamada Naím, acompañado de sus discípulos y de mucha gente. Al llegar a la entrada de la población, se encontró con que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de una viuda, a la que acompañaba una gran muchedumbre.
Cuando el Señor la vio, se compadeció de ella y le dijo: «No llores». Acercándose al ataúd, lo tocó, y los que lo llevaban se detuvieron. Entonces Jesús dijo: «Joven, yo te lo mando: Levántate». Inmediatamente el que había muerto se levantó y comenzó a hablar. Jesús se lo entregó a su madre.
Al ver esto, todos se llenaron de temor y comenzaron a glorificar a Dios, diciendo: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo».
La noticia de este hecho se divulgó por toda Judea y por las regiones circunvecinas.
Palabra del Señor.
¡No llores! (v. 13)
A veces, como la viuda de Naím, damos por muerto todo aquello que da sentido a nuestra vida; sumidos en la tristeza más profunda, dejamos que el olvido, o la indiferencia, lo vayan sepultando, hasta convertirlo en un vago recuerdo del pasado.
¡No llores! (v. 7), deja que la presencia del Señor detenga el paso de la incertidumbre y cambie el rumbo de tu caminar.
¡No llores! ¡Levántate! (v. 14)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
