LUNES 8

EL BAUTISMO DEL SEÑOR

Tú eres mi Hijo amado; yo tengo en ti mis complacencias (v. 11)

Evangelio según San Marco (1, 7-11)

En aquel tiempo, Juan predicaba diciendo: “Ya viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”.

Por esos días, vino Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Al salir Jesús del agua, vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en figura de paloma, descendía sobre él. Se oyó entonces una voz del cielo que decía: “Tú eres mi Hijo amado; yo tengo en ti mis complacencias”.

Palabra del Señor.

El bautismo de Jesús trae para el pueblo cambios radicales que permitirán a todos un acceso definitivo y abierto a las riquezas del Reino:

  • Ya no serán los límites del Templo sino la vastedad del Jordán (v. 9) y, más allá de la circuncisión, el agua, que es generoso con todos.
  • La fuerza transformadora del Espíritu rasga los cielos (v. 10), para dejarlos abiertos definitivamente.
  • El Espíritu se posa sobre Jesús (v. 10) para que luego, por medio de él, todos lo recibamos y seamos renovados.
  • Sólo él es el referente: Tú eres mi hijo amado; yo tengo en ti mis complacencias (v. 11).

Todo esto, por una parte, nos revela que Jesús es el Hijo de Dios; y, por otra, nos habla de nuestro bautismo, que nos ha hecho también a nosotros hijos de Dios, porque el bautismo nos hace hijos de Dios.

En el bautismo, Dios entra en nosotros, purifica, sana nuestro corazón, nos hace hijos suyos para siempre, su pueblo, su familia, herederos del Paraíso (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n.1279). Y Dios se hace íntimo a nosotros y ya no se va […][1]

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.


[1] Papa Francisco, Ángelus del 7 de enero de 2024.