LUNES 24

Esta clase de demonios no sale sino a fuerza de oración y de ayuno (v. 29)

Lectura del santo evangelio según san Marcos (9, 14-29)

En aquel tiempo, cuando Jesús bajó del monte y llegó al sitio donde estaban sus discípulos, vio que mucha gente los rodeaba y que algunos escribas discutían con ellos. Cuando la gente vio a Jesús, se impresionó mucho y corrió a saludarlo.

Él les preguntó: «¿De qué están discutiendo?» De entre la gente, uno le contestó: «Maestro, te he traído a mi hijo, que tiene un espíritu que no lo deja hablar; cada vez que se apodera de él, lo tira al suelo y el muchacho echa espumarajos, rechina los dientes y se queda tieso. Les he pedido a tus discípulos que lo expulsen, pero no han podido».

Jesús les contestó: «¡Gente incrédula! ¿Hasta cuándo tendré que estar con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganme al muchacho». Y se lo trajeron. En cuanto el espíritu vio a Jesús, se puso a retorcer al muchacho; lo derribó por tierra y lo revolcó, haciéndolo echar espumarajos. Jesús le preguntó al padre: «¿Cuánto tiempo hace que le pasa esto?» Contestó el padre: «Desde pequeño. Y muchas veces lo ha arrojado al fuego y al agua para acabar con él. Por eso, si algo puedes, ten compasión de nosotros y ayúdanos».

Jesús le replicó: «¿Qué quiere decir eso de ‘si puedes’? Todo es posible para el que tiene fe». Entonces el padre del muchacho exclamó entre lágrimas: «Creo, Señor; pero dame tú la fe que me falta». Jesús, al ver que la gente acudía corriendo, reprendió al espíritu inmundo, diciéndole: «Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando: Sal de él y no vuelvas a entrar en él». Entre gritos y convulsiones violentas salió el espíritu. El muchacho se quedó como muerto, de modo que la mayoría decía que estaba muerto. Pero Jesús lo tomó de la mano, lo levantó y el muchacho se puso de pie.

Al entrar en una casa con sus discípulos, éstos le preguntaron a Jesús en privado: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?» Él les respondió: «Esta clase de demonios no sale sino a fuerza de oración y de ayuno».

Palabra del Señor.

La gente, los discípulos y el padre del muchacho son un reflejo de lo que somos nosotros, en lo individual y en lo colectivo: espectadores asombrados y asustados (la gente), seguidores dudosos e ineficientes (los discípulos), familias desesperadas por el peso de las adversidades (padre del muchacho).

Adversidades que se han convertido en esclavitudes y condiciones indignantes para tanta gente; condiciones que ahogan, corrompen y enmudecen al hombre para que no hable y le niegan la verdad para que no comprenda y, así, nuca sea libre (cf. vv. 17-18).

Mirando la realidad del mundo y de nuestras sociedades, debemos reconocer que tampoco nosotros hemos podido cambiarla, ni curar el dolor y el sufrimiento de quienes se acercan a nosotros buscando alivio (cf. v. 18).

El mal nos acecha y nos sobrepasa, porque la incredulidad califica nuestras acciones y la debilidad de nuestra fe nos hace dependientes, improductivos, inseguros… (cf. v. 19).

¿Por qué no podemos? ¿Por qué no somos capaces de irrumpir en el mundo y transformarlo? ¿Por qué el mal nos doblega?:

Porque no es a fuerza de ilusiones y buenos deseos, sino con la fuerza de la oración y de ayuno (cf. v. 29).

Creo, Señor; pero dame tú la fe que me falta (v. 24).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.