SANTA MARÍA VIRGEN, MADRE DE LA IGLESIA
Se tributa a santa María Virgen el título de Madre de la Iglesia, ya que ella misma, habiendo engendrado a Cristo, Cabeza de la Iglesia, antes de que el Hijo entregara el espíritu en la cruz, también fue hecha madre de los redimidos.
El Papa Pablo VI confirmó solemnemente ese mismo apelativo en la alocución a los Padres del Concilio Vaticano II, el día 21 de noviembre de 1964, y estableció que «de ahora en adelante la Madre de Dios sea honrada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título».
Lectura del santo Evangelio según san Juan: 19, 25-34
En aquel tiempo, estaban junto a la cruz de Jesús, su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto quería, Jesús dijo a su madre: «Mujer, ahí está tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Ahí está tu madre». Y desde entonces el discípulo se la llevó a vivir con él.
Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo: «Tengo sed». Había allí un jarro lleno de vinagre. Y sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Todo está cumplido», e inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Entonces, los judíos, como era el día de la preparación de la Pascua, para que los cuerpos de los ajusticiados no se quedaran en la cruz, porque el sábado era un día muy solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran de la cruz. Fueron los soldados, le quebraron las piernas a uno y luego al otro de los que habían sido crucificados con Jesús. Pero al llegar a él, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le traspasó el costado con la lanza e inmediatamente salió sangre y agua.
Palabra del Señor.
En la vida de Jesús, María está presente de principio a fin; presencia discreta, callada, orante y dispuesta a todo, desde el inicio.
Elegida por el Padre, esta historia compartida comienza en un sí, confiando a María el ingreso del Hijo, palabra hecha carne, en la historia de los hombres.
Al final, el Hijo pone en sus manos, como a una madre, la comunidad de los seguidores, la Iglesia que somos todos.
Como Iglesia, ¿estamos dispuestos a recibirla como madre, para que viva con nosotros?
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

