LUNES 18

LA DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DE SAN PEDRO Y SAN PABLO, APÓSTOLES

¡Sálvame, Señor! (v. 30)

Del santo Evangelio según san Mateo (14, 22-33)

En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.

Entre tanto, la barca iba ya muy lejos de la costa, y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron, y decían: «¡Es un fantasma!». Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: «Tranquilícense y no teman. Soy yo».

Entonces le dijo Pedro: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua». Jesús le contestó:

«Ven». Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: «¡Sálvame, Señor!». Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?».

En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús diciendo: «Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios».

Palabra del Señor.

También nosotros hemos experimentado el miedo cuando nos hundimos, cuando perdemos piso, o cuando la vida, como la marea de un mar agitado, se nos viene encima y nos arrastra. Nosotros, y mucha gente a nuestro rededor, pedimos auxilio, esperamos que alguien nos ayude, gritamos: ¡Sálvame, Señor! (v. 30).

En aquel tiempo (v. 1), fue Jesús quien tendió la mano a Pedro y lo sostuvo. Hoy debemos tendernos la mano unos a otros, sostenernos, auxiliarnos, ponernos a salvo.

Que la duda, o la desconfianza no debiliten nuestra fe (cf. v. 31), ni nos orillen a cometer el error de confundir a Jesús, o al hermano, con un fantasma (cf. v 26).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.