
(v. 7)
Santos Cornelio (Papa) y Cipriano (Obispos), mártires.
Cipriano, obispo d Cartago, fue decapitado el 14 de septiembre de 258. Sus escritos, lo mismo que su martirio, revelan el alma de un verdadero pastor, siempre en la brecha para sostener a sus hermanos perseguidos y preservar la unidad de la Iglesia. En todo procuró dar ejemplo de fidelidad a nuestro Señor. El Papa Cornelio, quien murió en Civitavecchia después de un breve pontificado (251-253), se ganó el respeto y la amistad de Cipriano. Por este motivo, desde el siglo IV, la Iglesia romana festeja a Cornelio en su propia cripta en el aniversario de Cipriano.
Lectura del santo evangelio según san Lucas (7,1-10)
En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar a la gente, entró en Cafarnaúm. Había allí un oficial romano, que tenía enfermo y a punto de morir a un criado muy querido. Cuando le dijeron que Jesús estaba en la ciudad, le envió a algunos de los ancianos de los judíos para rogarle que viniera a curar a su criado. Ellos, al acercarse a Jesús, le rogaban encarecidamente, diciendo: «Merece que le concedas ese favor, pues quiere a nuestro pueblo y hasta nos ha construido una sinagoga». Jesús se puso en marcha con ellos.
Cuando ya estaba cerca de la casa, el oficial romano envió unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes, porque yo no soy digno de que tú entres en mi casa; por eso ni siquiera me atreví a ir personalmente a verte. Basta con que digas una sola palabra y mi criado quedará sano. Porque yo, aunque soy un subalterno, tengo soldados bajo mis órdenes y le digo a uno: ‘¡Ve!’, y va; a otro: ‘¡Ven!’, y viene; y a mi criado: ‘¡Haz esto!’, y lo hace».
Al oír esto, Jesús quedó lleno de admiración, y volviéndose hacia la gente que lo seguía, dijo: «Yo les aseguro que ni en Israel he hallado una fe tan grande». Los enviados regresaron a la casa y encontraron al criado perfectamente sano.
Palabra del Señor.
Siempre encontraremos, entre la gente que posee un cargo privilegiado en la política, en el ejército, o en la economía, alguien que tenga la capacidad no sólo de ejercer su autoridad responsablemente, sino de reconocer que, en ocasiones, necesita de la ayuda de otros para resolver problemas que están más allá de sus competencias, o cuando algo, que es urgente para los suyos, está fuera de sus manos.
El oficial romano sabe que su poder militar, o político, no cura ni salva lo que humanamente está más allá de ello; con humildad pide lo que él no puede conceder a su criado. Se reconoce indigno, pero la dignidad de los suyos está por encima de cualquier apreciación subjetiva. La vida, tal vez, le ha enseñado que su palabra de mando está por debajo de esa Palabra de la que afloran la misericordia y la verdad.
También nosotros estamos invitados a reconocer que no lo podemos todo y a decir con humildad: Basta con que digas una sola palabra…
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
