
Evangelio según san Juan
Jn 12, 1-11
Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. María tomó entonces una libra de perfume de nardo auténtico, muy costoso, le ungió a Jesús los pies con él y se los enjugó con su cabellera, y la casa se llenó con la fragancia del perfume.
Entonces Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que iba a entregar a Jesús, exclamó: “¿Por qué no se ha vendido ese perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?” Esto lo dijo, no porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía a su cargo la bolsa, robaba lo que echaban en ella.
Entonces dijo Jesús: “Déjala. Esto lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tendrán siempre con ustedes, pero a mí no siempre me tendrán”.
Mientras tanto, la multitud de judíos, que se enteró de que Jesús estaba allí, acudió, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, a quien el Señor había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes deliberaban para matar a Lázaro, porque a causa de él, muchos judíos se separaban y creían en Jesús.
Palabra del Señor.
Miren a mi siervo (Is 42,1)
La Semana Santa nos adentra en los acontecimientos pasados que dan sentido hoy a lo que somos como Iglesia y como cristianos. Pero, ¿dónde comenzó todo?: en Jesús, el Hijo predilecto, quien cumple con fidelidad la Voluntad del Padre, hasta la muerte.
El profeta Isaías nos invita a mirarlo: Miren a mi siervo(42,1). Sobre él está el espíritu del Padre y en él brilla la justicia para pueblos y naciones.
Así lo entendió María y no dejó pasar ni un instante para dar lo mejor de sí, su mirada puesta en él, antes de su partida.
A veces, el Señor se va de nuestras vidas, porque lo dejamos partir: ¿Qué estarías dispuesto a hacer para tenerlo siempre contigo?
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
