LUNES 1

El Espíritu del Señor está sobre mí… (v. 18)

Lectura del santo evangelio según san Lucas (4, 16-30)

En aquel tiempo, Jesús fue a Nazaret, donde se había criado. Entró en la sinagoga, como era su costumbre hacerlo los sábados, y se levantó para hacer la lectura. Se le dio el volumen del profeta Isaías, lo desenrolló y encontró el pasaje en que estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor.

Enrolló el volumen, lo devolvió al encargado y se sentó. Los ojos de todos los asistentes a la sinagoga estaban fijos en él. Entonces comenzó a hablar, diciendo: «Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura, que ustedes acaban de oír».

Todos le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que salían de sus labios, y se preguntaban: «¿No es éste el hijo de José?»

Jesús les dijo: «Seguramente me dirán aquel refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo, y haz aquí, en tu propia tierra, todos esos prodigios que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm’ «.

Palabra del Señor.

La fuerza del Espíritu que ha ungido a Jesús desde el vientre de María, se manifiesta ahora en su presencia en medio del pueblo y en sus palabras cargadas de sabiduría y verdad; él se ha convertido, desde ahora, en un referente ineludible para comprender la voluntad del Padre y descubrir la novedad que ese Espíritu pondrá en acto en lo más radical del evangelio.

Los ojos de todos estaban afijos en él (v. 20) y debería suceder lo mismo con nosotros. Hemos sido ungido con el mismo Espíritu y nuestra misión es, exactamente, la misma de Jesús: anunciar la buena nueva a los pobres, liberar a los cautivos y a los oprimidos, curar a los ciegos(vv. 18-19).

¿Cómo nos miran los demás? ¿Qué descubren desde nuestro interior? ¿Qué palabras brotan de nuestra voz? ¿Podemos decir que, día a día, se cumplen la Escrituras en nuestras vidas y en nuestras acciones?

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.