
Lectura del santo evangelio según san Lucas (15, 1-10)
En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo; por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Este recibe a los pecadores y come con ellos”.
Jesús les dijo entonces esta parábola: “¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y se le pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la que se le perdió hasta encontrarla? Y una vez que la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría y al llegar a su casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido’. Yo les aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos, que no necesitan arrepentirse.
¿Y qué mujer hay, que si tiene diez monedas de plata y pierde una, no enciende luego una lámpara y barre la casa y la busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque ya encontré la moneda que se me había perdido’. Yo les aseguro que así también se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se arrepiente”.
Palabra del Señor.
En el lenguaje de la política, la economía y el desarrollo existe una categoría con la que se identifica a los Países Menos Desarrollados (PMD): naciones, o países, no viables. Es decir, pueblos enteros que no son candidatos para la inversión, el apoyo económico, o la inclusión en proyectos de desarrollo. Están destinados al olvido y el desamparo.
De igual manera, entre nosotros, existen personas, incluso familiares, a quienes consideramos, por la razón que sea, seres indeseables e inútiles, los descartables de quienes no se espera nada y, además, ya nada se puede, o se quiere, hacer por ellos. Están destinados, también, al olvido y el desamparo.
Pero Jesús nos enseña que nunca nadie, por insignificante, inútil, o despreciable que parezca, debe ser abandonado, o condenado al olvido.
También de nosotros depende su dignificación, su porvenir, su felicidad y su liberación. Que nuestro compromiso repercuta en la alegría que hay en el cielo y en la tierra por uno sólo que sea reintegrado a la comunidad y a la vida ordinaria.
Alegrémonos por cada hermano que es encontrado, recuperado y sanado para que sea feliz.
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
