JUEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR

- Ex 12,1-8.11-14; 1Cor 11,23-26; Jn 13,1-15
UNA PASCUA EN LA QUE HAY TOMAR PARTE
VER
De vez en cuando nos vendría bien preguntarnos si hemos asumido conscientemente, o no, los compromisos adquiridos a lo largo de la vida, sin los cuales, quedaríamos fuera de la dinámica social y comunitaria, de la familia, o de cualquier instancia que así nos lo exija.
Podemos resistirnos al cumplimiento anteponiendo el orgullo, el honor mal entendido, la posibilidad de ceder un poco de nosotros mismos, o el miedo a perder lugares y privilegios adquiridos. En todo, asoma una débil seguridad al borde del fracaso, sobre todo, cuando se impone la necesidad de dar pasos camino abajo, enfrentándonos a una serie de renuncias, exigencias, o cambios drásticos e insospechados.
Nos hemos acomodado, tal vez, sobre un poder que no sabe de servicio, incapaz de poner una rodilla por tierra, para verse cara a cara con el humillado, o tomar en las manos el peso del cansancio, refrescar el sudor del jornalero sin descanso, o escuchar el llanto de los que sufren y no tienen voz.
Ridiculizamos el servicio que otros hacen, porque sólo así nos eximimos de hacerlo; nos convencemos de “estar bien”, sin percatarnos, realmente, que somos dramáticamente inútiles…
ILUMINAR
La Pascua y los textos pascuales nos ofrecen una serie de enseñanzas de gran riqueza. Vemos, a través de ellos, el paso de la esclavitud a la libertad, la Alianza y el pacto de fidelidad entre Dios y los hombres. No obstante, pasamos por alto un detalle fundamental que da sentido a la experiencia pascual: los compromisos que deben asumirse para ser parte de ello.
El pueblo hebreo debía cumplir tres prerrogativas ineludibles para el en que pasaría el Señor (Pascua): primera, elegir un cordero para comerlo en familia, o compartirlo con otra familia; segunda, todo el pueblo, sin excepción, inmolaría el cordero el mismo día y a la misma hora; tercero, rociarían las jambas y el dintel de las puertas con la sangre del cordero inmolado, como señal de aceptación. Nada podía ser realizado de manera individual, o para sí mismos: debía ser en familia, todo el pueblo y con la misma señal para todos (Ex 12,3-7); de lo contario, caería sobre ellos el exterminio que, en otras palabras, es la muerte que deja fuera a aquellos que se desentienden de los mandatos del Señor.
La sangre les servirá de señal en las casas donde habitan ustedes. Cuando yo vea la sangre, pasaré de largo y no habrá entre ustedes plaga exterminadora, cuando hiera yo la tierra de Egipto (v. 13).
Yahvé escuchó los gritos del pueblo que pedía ser liberado, Él accedió y su misericordia se convirtió en un acto liberador. Pero ese deseo de libertad exige una actitud decidida y dispuesta de quien ha elegido seguir al Señor:
Comerán así: con la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano y a toda prisa, porque es la Pascua, es decir, el Paso del Señor.
No hay tiempo que perder, se está con el Señor para tomar parte en su proyecto, o no se está con Él y se queda fuera.
El evangelio de Juan, por su parte, nos presenta un debate entre Pedro y Jesús, el contexto es la Pascua y la razón es la misma: la liberación. Aquí, como en Egipto, también hay que decidir: aceptar, o no, las condiciones.
Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: Señor, ¿me vas a lavar tú a mí los pies? Jesús le replicó: Lo que estoy haciendo tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde. Pedro le dijo: Tú no me lavaras los pies jamás. Jesús le contestó: Si no te lavo, no tendrás parte conmigo (13,6-8).
Para tener parte hay que aceptar y asumir los retos y los compromisos que surgen de la Nueva Alianza: partir el pan (compartirlo), servir (lavar los pies), amar (el nuevo mandato), perdonar y estar dispuestos a dar la vida. Es Jesús quien toma la iniciativa y pone el ejemplo, lo que él hace es reflejo de lo que establece como parámetro de vida a sus seguidores: se levantó de la mesa, se quitó el manto, se ciñó una toalla, puso agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies (vv. 4.5).
Al igual que el pueblo hebreo, que debía estar pronto para emprender el camino, ahora es primordial levantarse de la mesa (renunciar a los privilegios) y ponerse a trabajar.
Cuando acabó de lavarles los pies, se puso otra vez el manto, volvió́ a la mesa y les dijo: ¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan (vv. 12-15).
ACTUAR
Lavar los pies se convierte en un gesto atrevido, que romper con las normas de servidumbre y el concepto de autoridad.El Hijo de Dios no ha venido a ser servido…
El recuerdo de la Pascua en la liturgia del Jueves Santo no puede quedarse en la reproducción teatral de un acto excepcional de Jesús (lavar los pies), o en la insistencia de tinte dogmático que quiere ubicar allí el origen irrefutable del presbiterado (Jesús no ordenó sacerdotes a sus discípulos), o de ver en la cena el origen de la “primera comunión”, perdiendo toda la dimensión salvífica y universal de la eucaristía, como sacramento de la presencia de Dios entre los hombres, en el simple hecho de compartir el pan.
¿Cuáles son los fundamentos de nuestra fe? ¿En qué radica nuestro ser de cristianos?
Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros.
El servicio humilde (lavar los pies) es expresión del amor radical que se encarna en Jesús y nosotros hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva (Benedicto XVI, DCE 1).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
