JUEVES 25

LA NATIVIDAD DEL SEÑOR

¡Habita entre nosotros!

Todo acontece en la historia por una razón, que da sentido pleno a lo que somos, a lo que decidimos y a lo que creemos; en el devenir de la historia y el suceder de los tiempos se cumple lo que había dicho el Señor por boca del profeta: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios con nosotros (Mt 1,23). La encarnación del Verbo acontece, a cada instante, en el día a día y en los corazones dispuestos a abrir su intimidad para convertirse en morada de Dios.

De la experiencia de Israel aflora una pregunta que es, en realidad, la confirmación de un hecho trascendental: ¿Qué pueblo, de entre todos los pueblos, tiene un Dios tan cercano como el nuestro que, cuando lo buscamos y lo invocamos, se hace presente y responde? (cf. Dt 4,7). Nosotros somos ese pueblo que Dios ha escogido para sí llamándonos y haciéndonos hijos suyos.

Tal cercanía es el gesto, para muchos incomprensible, de un Dios que viene al encuentro del hombre haciéndose hombre. Un gesto así sólo es posible cuando se ama, y Dios es amor (1Jn 4,8), y nos ama a tal grado que ha decidido habitar entre nosotros (Jn 1,14), en la persona de su Hijo, Jesucristo.

La paradoja de la encarnación –dice Carlos Maza SJ– es que el amor absoluto de Dios se ha manifestado en la humanidad contingente de un hombre particular. De alguna manera, el amor divino ha necesitado de lo no divino para expresarse.[1]

No obstante esa manifestación amorosa, cargada por la magnificencia, la gratuidad y la misericordia del Padre, sigue encontrando, como entonces, resistencias y negación; todavía hoy, para ellos -Jesús, María y José- no hay lugar en las posadas (cf. Lc 2,7), en los hogares, en los corazones; seguimos pensando que es inútil e innecesaria su presencia, o, tal vez, lo mantenemos alejado, distante, ajeno a la realidad humana, de la que él es creador y ha convertido en lugar privilegiado para manifestarse.

Aunque las tinieblas no lo recibieron, él es la luz de los hombres; luz que brilla en las tinieblas (cf. Jn 1,4-5), iluminando las oscuridades del hombre, la mentira, las injusticias, la soledad; transformando lo imposible en oportunidades y devolviendo en ello la esperanza que nos reanima. Él sigue viniendo en cada acontecimiento y en toda adversidad y a quienes lo reciben les concede poder llegar a ser hijos de Dios (Jn 1,12).

Para iluminar nuestra ceguera, el Señor quiso revelarse al hombre como hombre, su verdadera imagen, según un proyecto de amor iniciado con la creación del mundo. Mientras la noche del error oscurezca esta verdad providencial, «tampoco queda espacio para los otros, para los niños, los pobres, los extranjeros» (Benedicto XVI, Homilía en la noche de Navidad, 24 diciembre 2012). Las palabras del Papa Benedicto XVI, tan actuales, nos recuerdan que en la tierra no hay espacio para Dios si no hay espacio para el hombre: no acoger a uno significa rechazar al otro. En cambio, donde hay lugar para el hombre, hay lugar para Dios; y entonces un establo puede llegar a ser más sagrado que un templo y el seno de la Virgen María, el arca de la nueva alianza. (Papa León XIV, Homilía de la Misa de Noche Buena, 24 diciembre 2025).

En la Navidad celebramos el amor y hay que festejar amando, superando todo aquello que nos lo impide y, así, ser plenamente felices. El Señor continúa visitándonos, como el sol que nace de lo alto para llenar de luz nuestra vida y nuestra historia.

He aquí la estrella que sorprende al mundo, una chispa recién encendida y resplandeciente de vida: «Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor» (Lc 2,11). (Papa León XIV, Homilía de la Misa de Noche Buena, 24 diciembre 2025).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.


[1] Maza, C. (2024). Cristo y las culturas. Desafíos de la cultura pop. Cuadernos 236. Cristianisme i justicia. Barcelona. p. 16.