
Lectura del santo evangelio según san Juan (8, 51-59)
En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Yo les aseguro: el que es fiel a mis palabras no morirá para siempre”.
Los judíos le dijeron: “Ahora ya no nos cabe duda de que estás endemoniado. Porque Abraham murió y los profetas también murieron, y tú dices: ‘El que es fiel a mis palabras no morirá para siempre’. ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Abraham, el cual murió? Los profetas también murieron. ¿Quién pretendes ser tú?”
Contestó Jesús: “Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, aquel de quien ustedes dicen: ‘Es nuestro Dios’, aunque no lo conocen. Yo, en cambio, sí lo conozco; y si dijera que no lo conozco, sería tan mentiroso como ustedes. Pero yo lo conozco y soy fiel a su palabra. Abraham, el padre de ustedes, se regocijaba con el pensamiento de verme; me vio y se alegró por ello”.
Los judíos le replicaron: “No tienes ni cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?” Les respondió Jesús: “Yo les aseguro que desde antes que naciera Abraham, Yo Soy”.
Entonces recogieron piedras para arrojárselas, pero Jesús se ocultó y salió del templo.
Palabra del Señor.
No morirán para siempre (v. 51) ¿Qué significa no morir para siempre?
Unos y otros, inevitablemente, moriremos; esa muerte es parte de la vida y está inscrita en la finitud humana. No obstante, el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26-27), lo que implica que hay en nosotros una chispa de eternidad, que nos permite trascender y superar nuestros propios límites en ese horizonte de aspiraciones ilimitadas (cf. A. Cencini).
No morir para siempre significa nacer a la eternidad, tomar posesión del Reino que Dios tiene preparado para aquellos que lo aman (cf.Mt 25,34); pero se trata de vivir, aquí y ahora, fielmente las palabras del Señor.
Por el contrario, la infidelidad a Dios y la indiferencia a sus palabras nos abren el camino hacia la muerte eterna, para siempre (v. 51).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
