CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS

Lectura del santo evangelio según san Juan (6,51-58)
En aquel tiempo Jesús dijo a sus discípulos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne, para que el mundo tenga vida.
Entonces los judíos se pusieron a discutir entre sí: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?»
Jesús les dijo: «Yo les aseguro: si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día.
Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo; no es como en maná que comieron sus padres, pues murieron. El que come de este pan, vivirá para siempre».
Palabra del Señor.
La Buena Nueva del Señor pone ante nosotros una novedad irrefutable: para el creyente, para los seguidores del reino, no hay muerte definitiva.
Los hombres somos, ciertamente, seres finitos, mortales; la muerte física, como quiera que suceda, es parte de la vida. Pero la fe abre ante nosotros una promesa de esperanza, que va más allá de lo puramente humano y tangible: vivir para siempre (v. 51).
Dicha promesa se cumplirá en la medida que asumamos y hagamos nuestro (comer y beber) el proyecto de Jesús plasmado en el evangelio:
El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día (v. 54)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
