ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
“La inmaculada Madre de Dios, la siempre Virgen María, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo, al terminar su vida mortal”. Con estas palabras el Papa Pío XII definía, en 1950, el dogma de la Asunción de la santísima Virgen. Siendo una consecuencia de la maternidad divina, la Asunción de nuestra Señora constituye para todos los seres humanos una prenda de esperanza y una promesa de resurrección. (tomado del Misal de agosto 2024, Buena Prensa)
Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,39-56)
En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea, y entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. En cuanto ésta oyó el saludo de María, la creatura saltó en su seno.
Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo, y levantando la voz, exclamó: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”.
Entonces dijo María:
“Mi alma glorifica al Señor
y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador,
porque puso sus ojos en la humildad de su esclava.
Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones,
porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede.
Santo es su nombre
y su misericordia llega de generación en generación
a los que lo temen.
Ha hecho sentir el poder de su brazo:
dispersó a los de corazón altanero,
destronó a los potentados
y exaltó a los humildes.
A los hambrientos los colmó de bienes
y a los ricos los despidió sin nada.
Acordándose de su misericordia,
vino en ayuda de Israel, su siervo,
como lo había prometido a nuestros padres,
a Abraham y a su descendencia
para siempre’’.
María permaneció con Isabel unos tres meses, y luego regresó a su casa.
Palabra del Señor.
La grandeza de María aflora de la sencillez y la humildad de su corazón; elegida de entre todas las mujeres, agradece y glorifica al Señor y Él, llenándola de su gracia, glorifica su vida.
En ella, Dios manifiesta su voluntad y sus predilecciones: exalta a los humildes y a los hambrientos los colma de bienes (vv. 52-53).
Que en nosotros, también, palpite un corazón humilde y se manifieste la voluntad y la justicia de Dios.
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

